Este es el manifiesto de una madre –yo- al borde de un ataque de nervios…
Puedes prepararte para todo en esta vida, para todo menos para ser mamá. Y es cierto: puedes leer cuanto libro para aprender a lidiar con los hijos te pongan en frente, asistir a aquellas charlas escolares en las que te aconsejan cómo abordar ciertos temas, escuchar a todas las psicólogas que te recomienden, pero la gran verdad es que la gran mayoría de las veces no sabes qué hacer para que los niños dejen de pelear. Si, así es. Así de simple.
También es cierto que es casi una respuesta obligada decir que ser madre es lo más lindo que nos puede pasar a las mujeres. Personalmente, yo creo que ser mamá es inexplicable y que los hijos son los únicos que tienen la capacidad de transformar nuestro mundo, de hacer aflorar sentimientos y emociones que solo nosotras podemos experimentar. Todo es hermoso en teoría, y llevarlo a la práctica lo es aún más, pero lo cierto es que así no son todos los días, y mucho menos todo el día. Hay momentos en los que queremos explotar, en los que no sabemos manejar las situaciones, no encontramos las maneras de decir “no”, no atinamos a nada para que los niños entiendan, y muchas veces no logramos descubrir cómo hacer para comunicar las cosas que tenemos en la punta de la lengua, perdemos la paciencia, queremos llorar, gritar, dormir… ¡y no podemos!
Sí, aceptémoslo, las madres también nos cabreamos. Unas más, otras menos, y yo esta semana llegué a límites que no había experimentado jamás. Y como no logré lidiar con las situaciones, recurrí al silencio. No supe cómo parar las peleas entre los chicos, ni la forma de evitar sus discusiones ya que, sin importar la razón, desde el aire acondicionado en el carro o porque uno tocaba al otro, todo, absolutamente todo, fue una razón para reñir. Todo el día, todos los días. Por eso, luego de haber agotado todos los recursos verbales existentes para evitar los rounds, y aceptando que soy un completo fracaso en el tema, recurrí al silencio. También lloré, porque dos niños lograron agotar todos mis recursos de mamá moderna didáctica.
Fracasé. Soy un desastre evitando que estos dos diminutos seres se peleen. Lo acepto. Incluso, ese fracaso psicológico me llevó a querer gritarles que ya no los soportaba más, lo que ocasionó que me sintiera una mala persona. ¿Se imaginan? ¡Cómo es posible que una mujer diga que no soporta a sus hijos! Bueno, a mí me pasó… Y no soy mala, soy una mujer real, una madre cabreada. ¡Y me cabreé! Pero, como en todo ser humano, ese sentir vino acompañado de un remordimiento lo que me hizo correr a mi novio para contarle mi dilema, y él, tranquilo y sonriente, me dijo “tranquila, es normal”. Logró con una mirada y un beso hacerme entender que no soy una mala mamá, que soy simplemente un ser humano.
Hoy escribo estas líneas porque, pese a que deben haber cientos de mujeres que me leen y piensan “¡¡¡qué horror, cómo puede ser así esta bruja!!!”, seguro también hay otras que han vivido lo mismo que yo, que también tuvieron su momento de no querer ver a sus hijos ni en fotos, y que se sientan identificadas.
Lo que aprendí de esta semana caótica es que no tenemos que encontrar explicaciones a todo, que no debemos responder cada “¿por qué?”. Tampoco prestar demasiada atención a las peleas, pero sobre todo no enloquecer al primer “estoy aburrido”. Aburrirse también sirve, también hace bien. Por eso prometo no volver a enloquecer, darme mis momentos de ‘mamá cabreada’, y no aguantármelos hasta explotar, incluso cuando hacerlo me convierta en una ‘mala madre’ para esta sociedad llena de prejuicios y estereotipos que enseña a responder casi de memoria que el mejor tiempo es el compartido con los hijos.
¡No! Como ‘mamá cabreada’ me rebelo y admito que hay momentos en los que queremos estar solas, en los que queremos disfrutar y disfrutarnos. Me rebelo porque no siempre sabemos qué decir, cómo actuar y cómo reaccionar, porque somos imperfectas, llenas de errores, y nos cabreamos…
¿Te has cabreado? ¿No lo has hecho? ¿Tienes algún tip para no enojarte o para dejar de estarlo? Compártelo conmigo, cuéntame tu experiencia enviándome un mail o comentándome en Twitter usando el hashtag #MamáCabreada, estaré encantada de leerte.