Denunciamos el machismo. Nos ofende profundamente no tener igualdad de derechos con los hombres. Pregonamos a los cuatro vientos nuestra lucha contra ellos y exigimos cambios sociales inmediatos que conduzcan a la igualdad de género en nuestra sociedad. Y, sin embargo, somos nosotras mismas –las mujeres- las que nos insultamos, las que nos denigramos, las que nos criticamos ácidamente en cualquier momento y lugar, y sobre todo las que nos escudamos en las redes sociales para decir lo que no nos atrevemos a decir en la cara. Somos estúpidas.
¿Cuándo entenderemos que la lucha contra la violencia de género comienza evitando cometerla contra nosotras mismas? ¿Que el machismo terminará solo cuando empecemos a respetarnos y aceptarnos? Sesgadas y cegadas, caemos en el fanatismo de pensar que si alguien no piensa igual que nosotras está mal. Defendemos lo indefendible, insultamos en el nombre de Dios, y cuando se nos acaban los argumentos vamos más allá de la agresión verbal: en ese momento no nos interesa nada, escribimos lo que nos da la gana y, sobretodo, contradecimos todo lo que pregonamos.
Insultar, lanzar frases xenófobas y calificativos despectivos es fácil. Ofender nos hace bacanes. Abandonamos al cerebro a su suerte y apelamos solo al hígado porque así es más fácil herir. Volvemos a él solo para velar por aquel factor social que nos obliga a aparentar que somos perfectas porque, de lo contrario, “¿qué dirán de nosotras?”. Hay que compartir entonces fotos con mensajes religiosos porque así “demostramos que somos creyentes” y damos a la sociedad lo que exige de nosotras: ser mujeres intachables que están de acuerdo con lo que la mayoría habla y dice. Aunque no lo pensemos. Aunque nos cause repulsión hacerlo.
Y, sin embargo, estar en desacuerdo es lo mejor desde mi punto de vista. Las redes sociales son el espacio con mayor libertad de expresión, y el más contundente. También donde los insultos no tienen límites, y si bien con una frase te pueden destrozar tú también puedes gritar a los cuatro vientos quien eres y qué quieres. O, en el caso de la mayoría, al menos lo que finges ser. La última semana he leído a mujeres metiéndose con la familia de otros. Denigrando en nombre de Dios. Mujeres de pantalla criticando a otras porque se ve vieja, joven o arrugada. Porque se pone botox o porque no se lo pone. Juzgando simplemente porque les da la gana. ¿Cómo pedimos respeto a los hombres si entre nosotras nos insultamos y despedazamos? ¡Somos estúpidas!
Cada mujer puede hacer con su cuerpo y con su vida lo que quiera o no, todas y cada una de nosotras tenemos el derecho de hacer lo que nos venga en gana sin tener que darle explicaciones a nadie. Y eso no nos hace buenas o malas. Nadie tiene el poder de calificarnos por cómo vestimos, la cantidad de maquillaje que usamos, el número de novios que hemos tenido o la cantidad de divorcios que sufrimos por no querer tener hijos o por tener más de cinco… Nadie tiene el derecho de sugerirnos cómo vivir o cómo pensar, y mucho menos decirnos qué pensar o, peor aún, qué creer.
El fanatismo, la sesgada visión del mundo, nos llevan solo a la desunión. A la violencia. Y puede ser contra tu pareja, tu creencia religiosa, tu trabajo, tu ídolo… contra lo que sea. Perdemos la perspectiva y terminamos cayendo en lo que tanto criticamos y precisamente contra lo que luchamos. Terminar con la violencia de género es un proceso que comienza en nosotras, en nuestro interior, cuando respetamos, cuando no juzgarnos por cómo nos vemos, cuando no nos señalamos unas a otras por la forma en que vivimos. Terminará solo cuando los hombres se convenzan que somos tan fuertes y estamos tan unidas que nada ni nadie podrá atentar contra nosotras. Y es por eso que aún no hemos podido erradicarla, porque ¡somos estúpidas!, porque aún no nos damos cuenta de eso…