El pequeño de la foto se llama Ronald, tiene diez años y está junto a Katty, su madre. Ella trabaja como empleada doméstica, mientras que su esposo lo hace como albañil. Los tres viven en Lago Agrio y cualquiera podría pensar que tienen una vida normal, pero no, no es así. De hecho, Ronald no es un niño como los demás, no. Él tiene leucemia. Hoy puede decirlo con seguridad pero, seis meses atrás, cuando comenzó con sus dolores, como a muchos otros en el centro de salud solo le dieron paracetamol.
Fue en Septiembre de 2018 cuando todo empezó, jugaba con su hermana y sus piernas comenzaron a dolerle intensamente, más de lo normal fue ahí que su mamá lo llevó desesperada al Centro de Salud de la ciudad. Ahí no le realizaron ni un solo examen, solo le dieron la ya famosa medicina. Una vez que esta se terminó, los dolores volvieron con más fuerza y afortunadamente Katty consiguió que le hagan algunas pruebas. Se las hicieron y salieron “raras”, se las volvieron hacer y solo les dijeron que “algo está mal en su sangre, es mejor que lo lleven a Quito porque acá no hay especialistas para que lo traten, tampoco los implementos necesarios y ni siquiera podemos darle un diagnóstico exacto o concluyente”.
En el nuevo Hospital Marco Vinicio Iza de su ciudad, construido a un costo de aproximadamente 50 millones de dólares por el gobierno del ex presidente Rafael Correa no tiene área oncológica, tampoco un otorrino. Aunque parezca ridículo, aunque suene a mentira, en una ciudad cuya población posee un alto índice de diferentes tipos de cáncer no existe un área oncológica en su nuevo y millonario sanatorio. Según explica el MSP el hospital fue planificado como uno de categoría dos y en ese nivel no se contemplan este tipo de especialidades.
Y lo que es peor: ya habían pasado dos meses. Ya era tarde.
Ronald logró ser transferido varios días después, en una silla de ruedas, conectado a un suero que no le hacía absolutamente nada, recibiendo un trato inhumano, sin garantías de nada. Afortunadamente, como no todo es malo en la vida, algunas personas lo ayudaron para que llegue al quiteño Hospital de Niños Baca Ortiz, pero en principio no quisieron aceptarlo porque estaba prácticamente desahuciado. Las siete horas de viaje en bus desde Lago Agrio más los 60 minutos que toma el traslado desde el terminal terrestre hasta el hospital son demasiado para alguien en su condición. Los doce dólares que cuesta el pasaje multiplicados por la cantidad de personas que viajan es un dineral que para la familia de Katty es absolutamente inmanejable.
Luego de dos meses de espera Ronald recibió por fin su primera quimioterapia. Parecía que todo comenzaba a mejorar, pero cuando estaba listo para recibir su segundo tratamiento el hospital lo mandó de regreso porque tenía fiebre. Ocho horas más de tortuoso viaje para él, veinticuatro valiosísimos dólares para ella tirados a la basura… y, lo que es peor, Katty tuvo que regresar sola a pedir una nueva cita porque no podían dársela telefónicamente. Se la dieron, pero cuando llegó nuevamente con Ronald lo mandaron de regreso otra vez, ahora porque NO TENÍAN CAMAS para hacerle el tratamiento. No, no es mentira ni broma, tampoco una historia de terror. Es la realidad que ocurre día a día en nuestro país, que se repite con cientos o quizá miles de Ronalds y que indigna y frustra como estoy segura que se sienten ahora, igual que yo, mientras escribo estas dolorosas líneas.
Este relato me lo compartió Carolina Mella, periodista investigativa de Ecuavisa. Yo me quedé sin palabras, solo atiné a preguntarle si podía escribir lo que me contaba. Lo hizo ella también en su cuenta de Twitter y, juntas, gracias a esta red social, tratamos de visibilizar esta historia el mismo día que el Presidente Lenin Moreno saludaba a la Amazonía por su día y se comprometía por el bienestar de las familias. Quiero creer que ese compromiso también es con Ronald y su desesperada familia.
Este escrito es un llamado, un reclamo, una exigencia al Gobierno, al Ministerio de Salud, a los hospitales, a los doctores… Ronald no es el único en Lago Agrio que padece con el cáncer y si se hace una investigación profunda es fácil encontrar un denominador común: el petróleo. Basta excavar solo un poco para dimensionar la cantidad de ‘oro negro’ que se encuentra allí. Chevron-Texaco trabajó ahí, con él, ahora lo hace Petroamazonas, alguien debe preocuparse, alguien debe mirar a la Amazonía, está abandonada. De nada sirven las obras, las casas, los hospitales, las escuelas si no hay salud, si los derechos humanos no están garantizados.
PD: Gracias a la presión pública Ronald pudo recibir su segunda quimioterapia, pero faltan más. Me alegro tanto por él y su familia, pero no debería ser así, no debería ser necesaria la intervención externa para no dejar morir a nuestros niños, a nuestros hermanos, a nuestros compatriotas…