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Ser mamá en esta sociedad es prácticamente una obligación. Si no somos madres estamos incompletas, no somos un “modelo de mujer”.
Ser mamá es una presión social tan grande y constante, que he llegado a pensar que ese deseo –propio o impuesto- es precisamente lo que impide a muchas mujeres traer un hijo al mundo.
Este texto está dirigido a las mujeres que se atreven a gritarle a esta sociedad fofa e hipócrita que no quieren ser madres. Que su felicidad no depende de un niño sino más bien de su desarrollo como mujeres, como seres humanos. Que no desean ni anhelan parir para demostrar que son capaces de cumplir “su deber natural”.
A ellas, que han soportado todos esos “¿para cuándo los bebés?” y sus variantes, y han respondido con una sonrisa “más adelante”. O a las que sin tapujo dicen que no quieren ser madres, simplemente porque no quieren… ¿Por qué hacemos que sientan vergüenza de ejercer su libertad?
Tengo una amiga que me confesó hace un par de semanas que, años atrás, cuando le preguntaban por la maternidad, ella evitaba las caras tormentosas y prefería no dar explicaciones sobre su decisión. Hoy le dice al mundo que no quiere ser madre porque quiere disfrutarse y disfrutar a su esposo, porque no le gustan los niños, porque no tiene paciencia y porque le da la gana.
Esas mujeres caminan con los ojos puestos sobre ellas porque son consideradas egoístas o raras, especialmente por las que sí pudieron ser madres y que en secreto -obviamente- extrañan los momentos de soledad. La vida que dejaron atrás.
No todas las mujeres tenemos que ser madres, no todas las mujeres somos amas de casa, no todas las mujeres somos iguales, no todas quieren ser mamás… ¿Y saben qué? Eso no está mal, son tan mujeres como nosotras. Basta de mirar con pena y asumir que es “porque no pueden”, que están perdidas por la vida si no toman el camino de la maternidad. Terminemos con esos parámetros sociales, es valiente y mucho mejor decir la verdad que tener un hijo por cumplir con lo que se supone que está bien y no dedicarles tiempo, darles la importancia que se merecen o entregarles todo el amor que necesitan.
Aplaudo a mis amigas que tienen la valentía de decir que no quieren ser mamás, pero que entregan todo el cariño del mundo a la suya, porque sí creen y practican el amor familiar. La honestidad de una mujer habla más fuerte que la hipocresía de toda la raza humana.