No es Siria. No estamos a 15 mil kilómetros de distancia. Esto es Venezuela y solo nos separan menos de 3 mil kilometros.
No hablamos de atentados terroristas, pero solo en 2016 se registraron más de 21 mil homicidios. En 2017 no sabemos cuantos habrá pero, leí sobre el último fallecido mientras escribía este texto. Un adolescente de 16 años que fue herido por un disparo durante una protesta nacional que ya lleva 45 días.
No es la primavera árabe, donde escuchamos las historias y biografías de los más abominables líderes del Medio Oriente. Acá los protagonistas son latinos, tan abominables como Gadafi o Hussein, solo que en Venezuela se llaman Maduro y Cabello. Nefastos, ciegos, ahogados en el poder, cantando y dando discursos en los que parece que no pasa nada. Uno de los países más hermosos de la región, un país con un crecimiento económico envidiable, con un pueblo lleno de sonrisas y ritmo, con las mujeres más hermosas del planeta… es hoy un país que sangra, llora y pierde libertades todos los días.
Si no, ¿cómo se justifica que Leopoldo López denuncie que no ha podido ver a su abogado hace 39 días, o que su esposa, Lilian Tintori, haya estado prácticamente un mes sin saber de él? ¿Cómo se justifica que a un “opositor peligroso” como Henrique Capriles se lo inhabilite para ejercer cargos públicos durante quince años por supuestas irregularidades administrativas en su gestión como gobernador en 2011, supuestas irregularidades en un país que se cae a pedazos? Supuestas irregularidades denunciadas por uno de los gobiernos más corruptos de la historia de Venezuela, que ha llevado a la miseria a su pueblo a pesar de haber sido el quinto exportador de crudo del mundo. Increíble, ¿no?
En esta guerra no existe distinción… mueren todos: jóvenes, mujeres, ancianos y hombres, ricos, pobres, rojos o negros. Es una matanza, un abuso de poder que el mundo y los vecinos miramos atónitos, sin hacer nada. ¿Por qué? Tal vez porque los gobernantes de turno no quieren problemas políticos, algún otro porque tiene problemas más “importantes”, otros porque no quieren perder el petróleo que les vende Venezuela; pero la realidad es que nadie hace nada. Los organismos internacionales solo están para que sus representantes se reúnan dos veces al año, tomen buenos vinos, coman una cena deliciosa y luego declaren que están intentando hacer de este mundo un lugar mejor. Todo mentira. No es suficiente.
Tampoco es suficiente este texto. Pero al menos estoy dejando por escrito que me da vergüenza, asco y rechazo todo lo que está sucediendo en Venezuela. Rechazo la indiferencia del mundo pero sobre todo la nuestra, la de los que estamos a menos de 3 mil kilómetros de distancia. Rechazo la inhumanidad que existe con nuestros hermanos que en este momento no tienen medicinas, tampoco comida, mucho menos hospitales; un pueblo que ha perdido todo, hasta las garantías.
Pero aplaudo la valentía de los venezolanos, de todos esos seres humanos que salen a pelear por su país, que van a la calle sabiendo que quizás no regresen. ¿Saben qué? Me gustaría ser un poco más como ellos. Un poco más valiente.
Ojalá nunca vivamos una situación similar, ojalá nunca tengamos que huir del país que nos da de comer, y esto no lo escribo con ningún tinte político. Esto es una realidad, así como la de Siria. Puede pasar en cualquier momento y, si nos pasa, solo espero que no tengamos un mundo tan silente como el actual, ojalá no tengamos tan mala vecindad, ojalá encontremos en los países que nos rodean hermanos de verdad en los que nos podamos apoyar.