Si alguna vez me has leído seguro que ya debes saber que no soy de las que tienen grandes grupos de amigas, y que odio los desenfrenados grupos de chats de madres de colegio. También que soy de las que apoyo todas las causas pro igualdad, todas, y que no me interesa ni un poquito si eso me hace parecer un bicho raro o te lleva a pensar lo que sea sobre mí… Así es. Estoy en un momento de mi vida en el que finalmente comprendí que si necesito de alguien para ser feliz es de mi misma y de nadie más.
Es por ello que le huyo a cualquier ser humano que repita la palabra “Dios” en una misma frase. Sí, así de simple, ¡huyo! También esquivo a las mamás a las que les parece peligroso que una banda de rock venga al país porque es satánica, y mucho más a las que se aterrorizan porque las minorías luchen por la igualdad. Pues sí, me alejo de todo eso y de todos ellos, pero… ¿saben por qué? Muy sencillo: porque existen mil y un cosas muchísimo más importantes de las que sí que nos debemos preocupar.
Y el bullying es uno de ellos. A nadie le gusta admitir que esta práctica afecta a nuestros hijos, tanto si son ellos los que ‘bullean’ o los ‘bulleados’. El acoso aparece por cualquier motivo. No importa si eres gordo, flaco, alto, bajo, si tienes padres divorciados, separados, si tu madre es soltera, si eres negro, indio, árabe, testigo de Jehová, judío, musulmán, hindú, ateo… peor si tienes una orientación sexual diferente, porque sí, sí que hay niños que se autodefinen como lesbianas, homosexuales y transexuales, así lloren y se azoten las #conmishijosnotemetas. Todos los niños pueden ser víctimas de bullying, todos. Y los más grandes también.
Es un tema que debe ser tratado con regularidad en la casa, pero que debe ser tratado muy bien. Eso de ‘enseñar’ hablando ya pasó, los chicos de hoy aprenden viendo, con el ejemplo, absorbiendo como esponjas lo que tienen a su alrededor. Y, así también, si en algún momento escucharon algo pero luego nos ven hacer lo contrario perdemos por completo su credibilidad, y ellos comenzarán a confundir lo que está bien con lo que está mal. Abordarlo a diario transformaría la sociedad, lograría hacerla más justa.
Fomentar en nuestros hijos la igualdad ayudaría a disminuir aquella violencia de la que tanto nos quejamos, cuando ni siquiera somos capaces de criar seres humanos con respeto. La violencia se calma con aceptación. ¡Cuántas guerras nos hubiéramos ahorrado si nos aceptáramos con diferencias! Cuanto acoso evitaríamos si la igualdad fuese parte de nuestra día a día (y no me refiero solo a la de género, sino también al realmente aceptarnos como seres distintos)…
El bullying genera traumas, es causa de suicidios. Es algo que definitivamente debemos erradicar. ¿Cómo? No tolerando estas conductas, no celebrando los apodos, dando el ejemplo de inclusión a nuestros hijos… Mirémonos en el espejo y asegurémonos de no ser nosotros ‘bulleadores’ y no habernos dado cuenta. Observemos a nuestro alrededor y cerciorémonos de ser tolerantes con los que no se ven como nosotros o que no piensan igual. Mirémonos hacia adentro un momento, tal vez tenemos que dejar de preocuparnos por temitas ‘sociales’ y más por lo que llevamos en el interior.