Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Así lo dice el dicho y, de hecho, es real. Chismes, rumores, mentiras… Lo que sucedió en Posorja hace solo unas cuantas horas es una clara e impactante demostración del increíble daño que puede causar que una información equivocada sacuda las cabezas equivocadas. Sí, así es.
Pueden hacerse muchas lecturas de lo sucedido pero, seamos claros, existen al menos tres situaciones que son realidades inobjetables:
1. El sistema judicial del país no es creíble en lo absoluto. Ya nadie confía en la justicia ordinaria, y mucho menos la respetan.
2. La Policía Nacional no tiene la mínima preparación para controlar una turba. ¿Imaginan lo que eso significa? En Posorja se incendió y destruyó un UPC, un patrullero y cinco motos, se arrebató a la Policía tres presuntos delincuentes (que estaban detenidos en una celda y bajo custodia) y los lincharon en los exteriores de la dependencia policial, sin una real oposición, a vista y paciencia de todo el mundo, incluso de los uniformados y de las autoridades.
3. Somos ignorantes. Y esto es lo más grave. Aceptamos todo lo que escuchamos y leemos, y nos dejamos llevar por rumores sin antes intentar confirmarlos. Creemos que si la mayoría lo dice entonces es ‘la verdad’ y no nos tomamos el trabajo de verificarlo. Y lo que es peor: asumimos que en nombre de aquella ‘verdad’ tenemos la potestad de hacer justicia por cuenta propia, nos creemos dueños de la verdad y el destino. La ignorancia es el arma más letal de todas.
Lo ocurrido ayer es una tragedia, sí, y no se puede justificar ni defender lo sucedido. Los ajusticiados no eran secuestradores, y no tenían niños en su poder. Eran tres personas acusadas de robo, y eran también tres personas que tenían el legítimo derecho a defenderse de esa imputación. Y, por supuesto, a defender su vida. Dicho ello, me pregunto: si tanto nos rasgamos las vestiduras defendiendo los derechos humanos, oponiéndonos al aborto en situaciones que sí lo ameritan, ¿cómo es posible justificar una barbarie como esa? Simple y sencillamente no se puede. Es imposible.
Urge limpiar y sanear todo el sistema judicial ecuatoriano. Hoy más que nunca el Gobierno tiene la obligación de devolver la confianza en él a todo el país. A su pueblo. A nosotros. Es su deber y tendría que ser también una Política de Estado que la Función Judicial haga sentir protegidos y seguros a todos y cada uno de los ecuatorianos, que se respetan los derechos de todos y no solo los de unos cuantos. La Policía Nacional debe ser capacitada, entrenada, equipada, profesionalizada al más alto nivel… ¡urgentemente! No me cabe en la cabeza la absoluta incapacidad demostrada en Posorja, como sus agentes no tuvieron más recursos o herramientas para detener a la turba, para hacer algo más para que la situación no se salga de control, para precautelar el orden y, sobretodo, para garantizar la vida de las tres personas que estaban en sus instalaciones bajo su custodia y responsabilidad.
Por último, es imprescindible que dejemos de una vez por todas el chisme, que aprendamos a identificar y a no replicar los rumores, las ‘cadenas’, las advertencias sin sentido. Vengan de donde vengan. Lo diga quien lo diga. Estamos convirtiendo nuestra sociedad en aquella caverna que sabiamente describía Platón y ahora todos nos pasamos las horas y los días con el celular en la mano, irreflexivamente, mirando videos e imágenes, leyendo mensajes y cadenas, creyendo tonta y torpemente que son la realidad. Estamos perdiendo nuestra humanidad. Los que me leen siempre saben que no soy religiosa pero el Papa Francisco dijo alguna vez que una persona chismosa es un terrorista que lanza una bomba, destruye y se marcha… Y tiene razón.
Lo que queda ahora es esperar que la justicia identifique a las personas que propiciaron esta desgracia, que iniciaron y esparcieron los rumores. Que restablezca el sistema completo. Lo que nos resta a nosotros es evolucionar, buscar la paz, el equilibrio, la luz… dejar atrás el odio, los resentimientos, la desconfianza. También la ciega confianza en los mensajes que recibimos en nuestros teléfonos, en nuestras redes sociales. Amémonos más, pero amémonos de verdad.