Hablar de femicidio o de la violencia de género en Ecuador nunca será por gusto. Jamás será suficiente y mucho menos demasiado. No hasta que, como mínimo, los índices de este execrable delito dejen de subir y comiencen a bajar.
“Cada 72 horas muere una mujer en manos de su pareja, del que quiere ser su pareja o del que dice serlo”. Así de claro lo manifestó la ministra del Interior María Paula Romo en el nuevo programa de Carlos Vera este sábado 24 de Noviembre. Y tiene razón.
Es cierto que se han hecho grandes esfuerzos, pero aún falta mucho. Muchísimo. Debemos entender que la violencia de todo tipo en contra de las mujeres no es una cuestión de algunos, que es algo que está totalmente arraigado y normalizado en nuestra sociedad. Es parte de una cultura machista impuesta hace generaciones que forma parte del ADN y del imaginario de gran parte de Latinoamérica.
Comprendamos que es algo que solo se erradicará con educación, información, seguridad y autoestima. Sí, así es. La educación, como siempre, es básica para cambiar los viejos paradigmas de pensamiento y comportamiento. Las niñas y niños deben ser educados en sociedades igualitarias, y solo cuando vean que no existen preferencias por ser de un género o de otro las cosas podrán empezar a cambiar de una forma radical y profunda. Cuando se terminen frases como “los niños no lloran”, “hablas como niña”, “pareces mujer” empezaremos a evolucionar como sociedad.
Llámenme extrema, pero la realidad es esa. Y somos las mujeres las que debemos comenzar a hacerlo. “Maneja peor que mujer”, escuché hace unos días en una cena, y debo confesar que quise replicarle a la persona que lo dijo “es que acaso no te has enterado o mirado a un espejo, ¡¡¡tú eres mujer!!!!”… Algunas exigimos que cese la violencia pero, sin querer, la incentivamos. Porque no es cuestión de ser iguales a los hombres, es evidente que somos diferentes, definitivamente no nos vemos igual a ellos, sentimos distinto, miramos el mundo de una manera en que no lo hacen los ‘machos’, pero nada de eso tiene que ver con los derechos y la igualdad. Una cosa es tener un pene y otra muy distinta es que por tenerlo poseas más derechos que alguien que nació con una vagina. Así de fácil. Así de explícito.
Las cifras están ahí, al alcance de cualquiera que se interese en saber cómo y por qué mueren cientos de mujeres al año víctima de crímenes atroces, y que quiera entender que el cambio depende de nosotros, de las autoridades y de cómo nos miremos. De cómo las mujeres miramos a las otras mujeres y de cómo los hombres nos perciban.
Ya no es tiempo de justificaciones. Estamos a nada de entrar en la tercera década del Siglo XXI y un escote, un short, una minifalda, o el color de un lápiz labial no pueden ser más los argumentos de unos cuantos para solapar la violencia de género. Ninguna mujer sale a la calle para ser maltratada, secuestrada, violada, asesinada… Y si nos arreglamos es para nosotras mismas, para gustarnos, para sentirnos bien, cualquier otro argumento es fomentar el machismo, es creer que tenemos responsabilidad sobre la violencia de género y no es así. No, no más, ¡nunca más! #NiUnaMenos