Cuando éramos chicas nos llamaban princesas, nos leían cuentos de hadas, soñábamos con encontrar nuestro príncipe azul, vivir en un palacio y que los finales siempre sean felices. Nos compraban vestidos, jugábamos con muñecas. Eso era ser “mujercita”: ser delicada, tierna, sonriente, silenciosa.
Yo era lo contrario. Nunca fui silenciosa, no me gustaban las muñecas, tampoco los cuentos de princesas, tal vez el de Cenicienta pero no por la protagonista sino por las hermanastras o la madrastra. Siempre me llamaron la atención los antagónicos porque desde chica fui cuestionadora. No me gustaba seguir la corriente o hacer lo que todos hacían, nunca fui así y no espero serlo nunca. Para mí, las princesas no existen; el príncipe azul y los finales felices, mucho menos. Vender eso es vender mentiras.
¿Hasta cuándo seguimos estereotipándonos? ¿Hasta cuándo permitiremos que clasifiquen a una niña como “machona” solo porque le gusta hacer un deporte de hombres? ¿Hasta cuándo vamos a seguir promoviendo el sexismo, el machismo, la discriminación, que solo alientan la violencia de género?
Tenemos tanto doble discurso que nos unimos de palabra a los “ni una menos”, pero nos molesta en la práctica que nuestra hija sude, corra, y su deporte preferido sea el fútbol.
¿Hasta cuándo seguiremos calificando a las cosas como buenas o malas solo porque nosotros las elegimos o descartamos? “Creer en Dios es bueno”, “no creer en Dios es malo”… ¿Bueno para quién? ¿Malo según quién y por qué? Si queremos que las cosas cambien debemos cambiar de adentro para afuera. Debemos evolucionar sabiendo que esa evolución significa aceptar, respetar, no juzgar, amar, unir. Respetar desde la manera más simple a la más compleja, respeto en todo el sentido de la palabra: respetar a los amigos, a la pareja –a lo que la pareja quiera-, respetar el desarrollo de los otros, los espacios, al amor en todas sus formas. Más importante aún, amarnos a nosotros mismos, ser feliz con nosotros mismos. Si logramos eso tendremos menos luchas por la violencia de género, no serían necesarias las leyes porque seríamos capaces de vivir en paz y respetándonos… ¿Se imaginan?
Hasta que eso pase, ojalá algún día, olvidémonos de las princesas, y de los cuentos que nada tienen que ver con la realidad. Olvidémonos del “felices para siempre” porque la vida no es un cuento, son varios. Unos con finales felices, otros trágicos, algunos inesperados y otros malos.
Dejemos de pensar que lo que es bueno lo es porque a nosotros nos gusta, o malo porque no lo practicamos. ¿Hasta cuándo seremos tan limitados?
Apoyemos la diversidad en todas sus formas, que nos deje de espantar lo diferente, apostemos por lo creativo. Apoyemos a nuestros hijos si les gusta el ballet y a nuestras hijas si les gustan las artes marciales, dejemos de marcar esas diferencias en casa. Dejemos de adorar instituciones que solo resaltan las diferencias. Exijamos que las iglesias acepten a todos sin excepciones de orientación o preferencia sexual. Demandemos en los colegios la educación inclusiva.
¿Qué más nos debe mostrar el universo? ¿Cuántas noticias debemos ver para que aceptemos de una vez por todas que considerar como bueno solo aquello en lo que nosotros creemos es generar violencia? Dejemos de idealizar las cosas, mejor planeemos un mundo en el que las princesas sean feas e infelices y los vagabundos, buenos y hermosos. Tal vez así comprendamos que las diferencias solo están en nuestra mente.
30 agosto, 2017