Se acerca la Navidad y, aunque no es una celebración que me llene particularmente de emoción, sí que creo que es una de esas pocas épocas en la que la gente quiere, intenta o cuando menos finge ser más solidaria, humana y generosa. Este año, sin embargo, siento que la fecha estámás lejana que nunca y, lo que es peor, las noticias de los últimos días me hacen creer que las personas cada vez son más violentas.
La desvergüenza, el cinismo, la agresividad, el egoísmo y el sinsentido han copado últimamente los titulares y las redes. Y también mi paciencia.
Una mujer en estado de ebriedad, arrastrando sobre el capó de su vehículo a un oficial de tránsito por las calles de Milagro… por si eso fuera poco, la misma mujer continúa en la siguiente escena derrochando prepotencia al más puro estilo Roditti. Al momento este cuento no termina todavía: la Fiscalía está a cargo del caso, pero ella es una abogada de tribunales. Esperemos que la justicia no cometa una nueva injusticia.
Pero no nos detengamos, continuemos porque no es un hecho aislado: esta semana, y en otra absurda demostración de brutalidad, una segunda mujer intentó hacer lo mismo en Quito y por muy poco atropella aloficial que la estaba sancionando. Y, para rematar, en Santo Domingo de los Colorados se dio otro hecho similar con un ‘abogado’ insultando y amenazado a otro agente de tránsito, solo por multarlo.
¿¡Qué diablos nos pasa!? Hechos como esos solo muestran la decadencia máxima a la que está llegando nuestra sociedad y son el reflejo de un país molesto, agresivo.
Lamentablemente, en los últimos años hemos estado gobernados por personas con actitudes parecidas y eso es lo que hemos aprendido de ellos, de unos cuantos prepotentes que a costa de poder solían creer que lo tenían todo. Pero el poder es efímero, muy muy efímero, y para ejemplo está María Alejandra Vicuña, segundo Vicepresidente que del Gobierno de Lenin Moreno que deja su cargo bochornosamente. Toda una novela tejida alrededor suyo y de los diezmos que recibía, una renuncia que debió ocurrir hace semanas pero que se arrastró hasta ayer. Nos aferramos al poder y para colmo utilizamos argumentos fofos e insultantes: “me voy por la inestabilidad”, “me persiguen porque soy mujer y de izquierda”… Y no, no es así. No terminamos de asumir, de aceptar nuestras culpas.
Entonces, ¿cómo recibiremos esta fecha de unión, amor, respeto y solidaridad?
Propongo que tomando solo lo importante y lo que nos hace bien como país. Tenemos mucho tiempo ya exigiendo honestidad, demandando políticos decentes para que nos representen, y eso es un gran punto a nuestro favor. Antes éramos más permisivos, dejábamos pasar las cosas. Hoy no. Eso es un avance enorme, aunque no se note. Planteo también relajarnos, pisar tierra. Dejar atrás ese halo de superioridad, soberbia y ego que enceguece. Respetarnos. Y sobre todo aceptar, aceptar que si cometemos un error habrá consecuencias, la famosa causa y efecto que me enseñó mi mamá.
Y, finalmente, hago un llamado a todos a ser justos. La justicia no solo hace falta en los órganos de control sino también en los actos de los seres humanos que pensamos que justo es solo aquello que me hace bien a mí. Pero no, recuérdenlo, para cumplir todo lo demás debemos pensar y vivir con justicia… ¡Qué anecdótico!, ¿no? Lo que tanto le demandamos al país es lo que más nos hace falta aplicar en nuestra vida diaria.