[est_time] Ser mamá en esta sociedad es prácticamente una obligación. Si no somos madres estamos incompletas, no somos un “modelo de mujer”.
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Las religiones han traído división, discriminación y han sido causa de grandes conflictos mundiales. Prefiero creer en mí.
Detrás de toda la indignación que podemos sentir por lo que pasa en Siria, aún hay personas que encuentran el valor para actuar y abrir sus brazos, su corazón y su casa a los refugiados.
Quiero que mis hijos crezcan en un país de oportunidades. Pero esas oportunidades no llegarán si vivo con miedo de emprender.
Lamento que aún en pleno siglo XXI existan seres humanos que vivan su vida pensando en el qué dirán. Eso refleja un enorme miedo a vivir libre.
Nada será diferente en el país si seguimos aplaudiendo los discursos de los políticos y dejando solos a los periodistas valientes.
He sido «la extranjera» tres veces en mi vida. Por eso pienso en los migrantes que ahora son castigados por nacer en un país vetado.
Querer sentirnos más a gusto con nosotras mismas no es ninguna ridiculez. Lo ridículo es avergonzarnos de tener los años que tenemos, como si fuera un pecado, o decir nuestra edad con tristeza, como si lo hubiéramos perdido todo.
Fue un año de muchas pruebas. Hubo momentos en que quise mandarlo todo por la borda, pero también descubrí qué es lo que me mantiene firme y andando.
Ya no importa quién es el bueno y quién el malo. La gente muere a cada minuto en Siria, y el resto del mundo hipócrita solo lleva las cuentas.
Que esta tragedia sirva para removernos el corazón. Mientras buscamos acumular cosas desechables podemos perder en un segundo lo realmente importante.
A las encuestadoras les decimos que somos inclusivos y pacíficos, pero a la hora de votar nos sigue moviendo el miedo y el prejuicio.