Todavía no aprendemos. Somos de memoria corta, y la usamos a nuestra conveniencia. Cada vez que ocurre un fenómeno natural como Irma, este terrible huracán que azotó al Caribe y Estados, observamos atónitos a la distancia, quizá subimos a las redes algún mensaje solidario, y luego nos olvidamos y seguimos en la rutina. No pasa nada en nuestras cabezas. No terminamos de aprender que está en nosotros evitar que muchos sigan ocurriendo en el futuro.
El cambio climático, la conciencia y educación ambiental lamentablemente siguen estando en segundo y hasta tercer plano para la mayoría. Nos negamos a aceptar y entender que el mundo se está calentando fuera de control, y que ese aumento de la temperatura ya es evidente hoy mismo en la tierra, en el cielo y en el mar, por lo que la atmósfera está cada vez más y más caliente, y al retener mayor humedad las tormentas son también en cada ocasión más grandes y poderosas. Y destructivas.
Argumentos para demostrar que estamos destruyendo el planeta sobran. Lo que cada vez hacen más falta son explicaciones para entender por qué los seres humanos aún no tomamos conciencia de ello. Es tiempo de que cada uno de nosotros coloquemos el cambio climático en primer plano.
Los desastres naturales no se pueden predecir (al menos no todos) pero lo que sí podemos hacer es cuidar el planeta. Sería diferente si viéramos las cosas desde otro punto de vista. Podemos agradecer, por ejemplo, las diferentes formas que tiene el planeta de comunicarnos que está vivo. Tal vez Irma, José y los que vengan pasen por acá como un recordatorio de que debemos tomar acciones ya. Hagamos de cuenta que es un llamado de atención. Que Irma llegó para limpiar los bosques y para regular la temperatura en el mar. Que trae el mensaje de no esperar perderlo todo para tomar acciones de cambio, que podemos solucionar las cosas aunque parezcan perdidas.
Tomémoslo como un llamado a la solidaridad para abrirle la puerta de la casa a la gente que lo necesita, de darnos cuenta de una vez por todas que también podemos ser nosotros. Que no importa donde vivamos, que no interesa cuánto dinero tengamos en la cuenta. Cuando los desastres ocurren, una casa, una mansión, una choza, un palacio… ¡todo es lo mismo!
Es tiempo de tomar conciencia de que todos somos vulnerables. Basta de mirar con indiferencia a los que sufren a diario solo porque los tenemos lejos, seamos más humanos. No esperemos que lleguen más Irma, José, Andrew, Katrina o terremotos como el último de México. No esperemos que los recursos se acaben, no seamos cómplices de la destrucción del planeta, de nuestro gran hogar…
Empecemos a proponer y a buscar los cambios, y empecemos a creer más en nosotros mismos. Todos podemos ser agentes de cambio, depende de cada uno.