¿Cuántas veces nos hemos sentido traicionadas? ¿Cuántas veces le hemos dicho traidor a alguien? ¿Cuántas veces hemos traicionado?
Aunque no lo decimos en voz alta cuando miramos hacia adentro, pienso que todos hemos sido traidores en algún momento de nuestras vidas. Y estoy segura de que la traición más recurrente es a nosotros mismos.
Si la traición está definida como la falta que comete una persona que no guarda la fidelidad debida, cabe preguntarnos cuántas veces hemos sido infieles a nuestras convicciones, por quedar bien con alguien, por intentar encajar, por no remover el orden… así somos los seres humanos, nos cuesta afrontar, nos invade el miedo, nos duele la verdad. Y, si nos rebelamos, pasamos de ser los amigos fieles a ser los malditos traidores.
Pasa en las parejas. Cuando sabes que las cosas no van bien y que lo mejor es terminar la relación, cuando estás convencido de que puedes vivir mejor solo que mal acompañado, pero no haces nada: mientes, te callas, traicionas.
Pasa en las amistades, las cortas y las que parecían eternas… ¿Quién no se ha sentido traicionado por una amiga alguna vez, en algún momento de la vida? ¿Cuántos hemos llorado por la deshonestidad de esa persona a la que considerabas tu confidente? ¿No te traicionaste a ti misma cuando esperaste demasiado?
Y la familia… ¡Cuántas traiciones ocurren cuando el dinero separa esos lazos de amor que parecían inquebrantables! ¡Qué frágiles que son las familias a las traiciones, a los abandonos!
En tiempos de agitación política la palabra traidor suena más que nunca. ¿Pero quién es el traidor?
El traicionado fue el primero en ser infiel a los principios que promulgaba. El traicionado no puede señalar como traidor a alguien solo porque se aleja de su forma de pensar, porque cuestiona el pasado. Es el ego herido hablando, el del pseudo-traicionado que se olvida de que primero está el bien del país.
¿Y el traidor? Pues sin duda ha faltado a la fidelidad de mucha gente, lo que no le quitará esa etiqueta en un buen tiempo. Pero existe la posibilidad de que él también se haya sentido traicionado, engañado o utilizado.
Si lo notan, ambos protagonistas de cualquier relación rota pueden llamar traidor al otro. Todo depende de cuál de los dos argumentos queramos escuchar. El traicionado siempre podrá exhibirse como la víctima, pero el traidor puede tener mil justificaciones y, tal vez, pruebas suficientes para demostrar que la traición más grande era seguir con la corriente.