Hoy tengo el corazón chiquitito, al mismo tiempo que la rabia y frustración brotan por mis poros. Son sentimientos que no me gusta tener y mucho menos por tantos días como ahora, pero… ¿cómo quitármelos de encima si la realidad de la violencia que se ensaña contra las niñas y mujeres de nuestro país supera a cualquier película de terror?
No, no crean que exagero. Hace una semana me llegó, vía Instagram, un mensaje pidiéndome ayuda para agilizar un caso de violación y, mientras más preguntaba para empaparme del tema, mientras más detalles recibía, más se me erizaba la piel. Todo aquello mientras pasaba un buen rato jugando a las cartas con mis hermanos, pero llegó un momento en el que no pude más, tuve que parar y solo atiné a mirarlos angustiada y largarme a llorar. Esta es, en resumen, la historia que me duele como si fuera propia: una niña de once años fue reiteradamente violada durante un año por el esposo de su madre en Manabí, hoy tiene seis meses de embarazo producto de aquella interminable pesadilla hoy solo llora y grita todos los días que no quiere ser madre, que no quiere vivir.
Pero eso no es todo. Como si fuera poco el infierno que a tan temprana edad le tocó vivir, la Fiscalía en Manabí no ha hecho nada, absolutamente nada al respecto. Ni el examen médico. Ni siquiera ha dictado prisión preventiva para el violador. Ni siquiera una mínima investigación a la madre para determinar si hubo algún tipo de complicidad. Lo que sí hizo es decirle despreocupada e inhumanamente a la familia de la niña que deben esperar a que dé a luz para poder comprobar si realmente es hijo del ‘presunto’ violador. ¿Pueden creerlo? Así es, tampoco pudieron creerlo los que se quedaron conmigo en la mesa escuchando esta historia de terror, ya que más de uno no pudo más y huyó a medio relato asqueado por tan triste historia. Yo igual, me siento asqueada y hasta hoy sigo sin entender el procedimiento cómplice de la Fiscalía.
Lo primero que hice fue llamar a esas personas que sabes se preocupan e interesan de corazón. Silvia Buendía fue la primera y, como todos, se quedó muda al oír la historia, mucho más al conocer otros detalles como que la niña está viviendo con la abuela por temor a que el padrastro aparezca nuevamente, ya que su padre biológico vive en otra provincia. ¿Cómo podemos tener tan desprotegidas a nuestras niñas? ¿Cómo podemos hacernos los desentendidos frente a este tipo de casos?, le pregunté.
Esta historia es la realidad, no aceptarla solo nos convierte en cómplices. ¿Puede el Estado obligar a una niña a llevar su embarazo hasta el final aún cuando está en riesgo su vida? ¿Por qué una niña de once años no tiene la posibilidad de abortar de forma segura? Lamentablemente, para la niña protagonista de esta historia ya pasaron seis meses, ya es demasiado tarde. Ya es tarde para todo. Está condenada a vivir una vida que no debía vivir, que ninguna niña de nuestro país debería vivir. Pienso en mi hija y se me hace un nudo en la garganta. Ella tiene también once años y no hay forma en que –al menos yo- permita que continúe con un embarazo así. Que quede claro: el Estado es cómplice y encubridor de los violadores, y lo seguirá siendo mientras las leyes no se endurezcan, mientras la pasividad sea su característica principal.
Todo da asco. La desinformación. La falta de humanidad. Todo. Esta niña es solo una más de las miles que están pasando por lo mismo o por situaciones aún peores mientras lees estas líneas, la propia Silvia estaba ayudando con un caso muy muy parecido aquí en Guayaquil cuando acudí a ella. ¿Qué vamos hacer entonces? Esto no es una cuestión de unos pocos, es de todos, y hoy es esta pequeña de Manabí pero mañana puede ser tu hija, la mía, la de mi amigo, o simplemente cualquiera.
Hoy no puedo terminar con una frase normal, hoy tengo que terminar con una pregunta, con una muy seria: ¿qué vamos hacer? ¿Qué estamos haciendo nosotros, los ciudadanos comunes, frente a esto?