Vivimos tiempos convulsionados. Basta con ingresar a las principales redes sociales para encontrar infinidad de mensajes y opiniones sobre temas candentes como la destitución del Vicepresidente, los casos ‘Petroecuador’ y ‘Odebretch’, la consulta popular, y hasta hechos menos trascendentes como el accidentado viaje de Barcelona a Brasil o la homosexualidad de Kevin Spacey… Yo, sin embargo, no puedo dejar de pensar en todos aquellos niños y niñas a quienes unos malditos degenerados robaron su inocencia y condenaron a la muerte en vida.
Es así. Solo entre 2014 y lo que va de 2017 se han presentado 882 denuncias de acoso sexual y violación en escuelas primarias de Ecuador. Y quien sabe cuántos casos más existirán que no se expusieron nunca. De aquellas historias de terror nos hemos enterado apenas de algunas pocas, pero han sido más que suficientes para horrorizarnos, hacernos derramar lágrimas de dolor e impotencia, a indignarnos. Me llevaron a sentir asco, frustración, rabia, furia, odio, deseo de venganza…
Sé que suelo decir que no se debe odiar, pero no sé qué otro sentimiento pueda tener un padre cuando reconoce, se entera, le dicen, o ve que su hijo ha sido acosado o abusado. Afortunadamente yo no lo he vivido, pero aún así no encuentro las palabras que puedan describir con exactitud lo que como madre y ser humano siento, pues estoy segura que si estuviera en sus zapatos no buscara otra cosa sino hacer justicia con mis propias manos.
Y cómo no si, además de todo lo que ya viven deben enfrentarse a nuestro caduco sistema judicial, a largos y complejos procesos en los que la palabra de los niños víctima de violencia es minimizada. Pareciera que en este país las instituciones tienen más derechos y privilegios que las personas. Convivimos con seres ‘humanos’ dispuestos a hacerse los desentendidos, a alargar los procesos judiciales, a valerse de artimañas sin lógica ni moral para defender lo indefendible y ayudar a que los culpables evadan las responsabilidades. Ya ha sucedido antes y con seguridad ocurrirá ahora, mientras se ignora la pregunta fundamental de este asunto: ¿y los niños? Las vidas castradas de esos infantes jamás, jamás volverán a ser las mismas.
Abusar de un niño es igual a matarlo. Así de claro. Así de simple. Una de las características que los adultos amamos más en los pequeños es su inocencia, y quitársela al someterlos a abusos sexuales –o de cualquier tipo- no debe tener ningún tipo de comprensión, mucho menos perdón, justificación u olvido. Somos una sociedad desconfiada porque no tenemos las instituciones que nos respalden, pensamos mal porque muchas veces es imposible no hacerlo cuando se conocen este tipo de noticias y, peor aún, cuando vemos que las reacciones son lentas. ¿Qué nos queda? ¿Esperar? ¿Callar? ¿Qué esperamos? ¿Por qué no marchamos por causas un poco más sensatas como ésta, por ejemplo, y exigimos a la justicia sea implacable? Que los castigos sean ejemplares, que no exista tolerancia ni la posibilidad de negociación de las penas.
¿Qué esperamos? Miro a mis hijos y no dejo de repetírmelo… ¿Qué estamos esperando? El país cambiará no solo cuando desaparezca por completo la corrupción y disminuya el desempleo, sino también cuando la justicia sea más equitativa, sea más justa. Cuando dejemos de lado el quemeimportismo, la avaricia y la doble moral. Cuando exijamos igualdad de derechos y justicia para todos. Cuando todos los seres humanos que vivimos acá nos sintamos protegidos de igual manera. Cuando la palabra “todos” deje de ser una teoría y se la comience a poner en práctica. Cuando la palabra “todos” incluya también a nuestros niños.