Si algo nos ha dejado en claro estos álgidos últimos días en las redes sociales es que cada vez nos acostumbramos más y más a reaccionar con violencia. Con violencia en todo el amplio sentido de la palabra. Cuando creemos que ya nada puede ser peor, la necesidad de llamar la atención de ciertos individuos supera todo lo anterior e impone un nuevo ‘límite’. Y cada día es aún peor. Estamos rodeados de gente que ha llegado a extremos inimaginables y, lo que es peor, de quienes están dispuestos a superarlos. Y lo generalizo porque sucede a todo nivel, los extremos y el jugar con los límites ya es un tema habitual, algo del día a día de nuestra sociedad.
Lo vemos todos los días y, por supuesto, también en los últimos: políticos corruptos declarándose inocentes inventando excusas dignas de películas de Marvel… ex mandatarios sin vergüenza apoyando regímenes dictatoriales utilizando cínicamente la palabra “democracia” en sus discursos… ex dioses del fútbol bailando en escenarios denigrantes junto tiranos borrachos de poder… fanáticos religiosos rechazando la inclusión de la igualdad de género en textos escolares con la misma energía con la que defienden a sacerdotes pedófilos… personajes públicos vilipendiados solo por el hecho de ser públicos… insultos disfrazados de memes en las redes sociales… nuevas maneras de llamar la atención que, simplemente, rayan en la locura…
Pero, ¿hasta dónde se puede llegar? ¿Hasta dónde se debe llegar? ¿Qué está bien y qué está mal? ¿Cómo hacer para encontrar esa voz interna, ese halo de sensatez que nos diga “¡basta!”, “ya no más”, “estás abusando”, “este es el límite”…? No vamos a encontrarla en un ente público o en una regulación gubernamental, eso está claro, ya que experimentamos varias veces episodios de desastroso manejo de nuestra lasciva Ley de Comunicación y lo peligrosa que es en mentes y manos equivocadas.
Es por ello que de verdad creo que los límites nos los debemos de poner nosotros. Y lo digo en serio. Ser consecuentes con lo que pensamos, con lo que queremos. No alabar unas cosas e insultar otras. No sonreír a unos y apuñalar a otros. Si vamos a exigir respeto, si vamos a luchar por la igualdad, si vamos a decir no a la discriminación… ¡entonces empecemos por no discriminarnos! No hace falta que algo terrible se viralice para darnos cuenta qué tan mal estamos. No esperemos que alguien muera para dejar de juzgar, ni que nos roben todo para darnos cuenta quien y como era la persona que nos gobernaba. Y, admitámoslo de una vez, no hace falta que alguien hable o haga públicamente estupideces para entender que siempre fue un estúpido.
Quizá no sea fácil al comienzo, pero seguro tampoco será difícil. Los límites nos los pondremos de a poco, a medida que comencemos a ser conscientes y consecuentes con lo que decimos y hacemos. Que la indignación sea para todos igual e igual para todo lo que sea indignante. Enardezcámonos por las cosas que nos empobrecen como sociedad, por las campañas de odio, por los derechos que no se respeten, por las defensas a lo indefendible, cuando no se mida con la misma vara a todos por igual. Entonces sí, hagamos escándalo y hagámoslo de verdad, con todo, con rabia, y no solo en las redes sociales. Levantemos nuestra voz, pero levantémosla de verdad.