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Puedo entender la pasión que nos consume en cada elección presidencial, más si vivimos en un país tan polarizado. He vivido divisiones ideológicas desde mi adolescencia: primero en Chile, con las caravanas rivales del sí o no para definir el continuismo de Pinochet, y luego en Perú, con la lucha encarnizada tras conocerse la corrupción de Fujimori y Montesinos. Temo que el país de mis hijos no pueda cerrar una herida similar, que se deje caer en una guerra en la que solo habrá perdedores.
Tres días después de las elecciones solo veo amistades fracturadas, tuits mezquinos, comentarios repletos de odio en Facebook, gestos de burla en las marchas por la democracia… eso no es democracia, es anarquía.
¿Dónde quedó toda la solidaridad que nos movió el alma luego del terremoto? ¿No prometimos que íbamos a abrazarnos sin divisiones regionales o económicas? ¿Por qué ahora le negamos el derecho de elegir a una provincia? ¿Por qué ahora le negamos el derecho a protestar a la gente de clase media y alta?
Los manabitas tienen la misma potestad de cualquier ecuatoriano de escoger la que les parezca la mejor opción, sin explicarlo ni avergonzarse. Los guayaquileños y quiteños son libres para expresarse en las calles, sin importar si son rubios o tienen gafas de marca.
Nada cambiará, gane quien gane esta elección, si de la noche a la mañana se inventan un hashtag que pide a los damnificados por el terremoto “devolver los atunes”. Nada cambiará si se sigue calificando a quienes exigen en las calles una segunda vuelta como “aniñados” o “manifestantes de Nutella”. Libertad para votar y libertad para protestar debe ser nuestro único norte.
¿Qué clase de ser humano es alguien que ofrece una mano desinteresada a quien la necesita y luego le exige retribuciones? Solidaridad falsa, solidaridad de pose, eso es lo que veo.
Esta descalificación del otro porque no comparte mi realidad es un camino peligroso. Nos puede llevar a una lucha de clases de la que ningún gobierno, ni de derecha ni de izquierda ni de centro, nos podrá sacar.
Somos egoístas cuando nos quejamos por Twitter porque mis deseos no se cumplen. Y si la lucha común de millones de personas que compartimos esta tierra es la democracia, déjenme decirles que estamos yendo por el camino opuesto.
Jamás aceptaré la violencia, venga de donde venga. El germen de una guerra civil es la polarización. Nadie que justifique un acto de violencia tiene capacidad para gobernar o debe ser elegido para algo. Nadie tiene el derecho de violentar a otro ser humano por sus decisiones.
Y sí, por supuesto que somos libres para protestar, para salir a la calle a defender nuestras convicciones, a exigir transparencia sin que para ello debamos cumplir requisitos socioeconómicos. Que una elección presidencial no rompa lo que una tragedia unió.