Nos decepcionamos porque esperamos cosas de los demás. Así de simple. Muchas veces creemos que ser recíprocos es una obligación de nuestros amigos, novios, esposos, compañeros de trabajo e hijos. Vivimos deseando que todo lo que hacemos o decimos tenga la reacción que llene nuestras expectativas.
Es duro, pero real, y además es el primer paso para darse cuenta de que para vivir sin resentimientos ni desilusiones, cada cosa que hagas o digas debe salir del corazón… porque quieres hacerlo, porque te hace sentir mejor y –aunque suene a cliché- es mejor dar sin esperar nada a cambio, ni siquiera de tus hijos. Porque esperar duele.
Aunque no lo verbalizamos, cada vez que decimos “te amo” esos segundos de espera por un “yo también” parecen eternos. En esa espera, el sentimiento que nos llena pierde el brillo.
Nos convertimos en seres que viven esperando reacciones o palabras y, cuando no llegan, nos frustramos hasta llenarnos de amargura. Me atrevo a pensar que el ego está muy relacionado con la espera y la decepción, porque el no dar algo de forma desinteresada, el esperar recibir mucho o poco a cambio de lo que das, puede ser un intento por satisfacer nuestra autoestima.
¿Quién nos decepciona? Las personas que queremos, esas en las que confiamos, las que siempre cuentan historias enormes para justificar acciones que no saben cómo expresar. Las amigas que son muy cercanas y, de repente, te das cuenta de que no lo eran tanto. Todo porque esperamos cosas que quizás el otro no está en capacidad de hacer, porque ellas no son así, porque él no sabe cómo o no desea hacerlo, porque ellos ignoran lo que pasa por nuestra mente, porque no podemos controlar sus emociones.
¿Y quién pierde? Nosotros.
La técnica está en darnos cuenta de que el error está en quien espera. Es nuestra responsabilidad si nos decepcionamos de una relación amorosa una y otra vez, aunque siempre supimos que algo andaba mal. Es nuestra responsabilidad si nos decepcionamos de nuestros amigos o familiares, cuando ya conocíamos sus virtudes y defectos.
Y la decepción laboral también es nuestra responsabilidad. Nos dedicamos tanto a un trabajo o a una empresa que nos sentimos invaluables, indispensables, únicos, y esperamos ser considerados así por otros. Somos únicos, somos irrepetibles. Pero ese valor no nos lo tiene que dar otra persona. Conocer cuánto valemos es tarea de nosotros mismos.
Escribirlo parece fácil, pero no lo es. He tenido que aprenderlo después de largas conversaciones y muchas lágrimas. Entendí cómo duele esa constante espera de emociones que solo tú te puedes dar. Es muy complicado no esperar, pero mientras menos esperemos, tendremos menos decepción y frustración.
Es mejor aceptar a las personas y a las cosas como son. Aunque nunca terminas de conocer a nadie, prefiero caminar por la vida haciéndome cargo de mis actos. Haciendo las cosas con pasión, porque me llenan, y decir las palabras que nacen del alma, sin esperar respuesta.
Si algo de lo que hago o digo hace bien a los demás, mejor aún, porque es mi contribución a la humanidad, pero basta de esperar gratitud, reconocimiento o pago simbólico por ello. Ese es el primer paso para tomar el control de nuestra vida.