Siempre he defendido el derecho de las mujeres a romper el silencio. Hemos alzado nuestra voz, sí, pero nos ha costado mucho. Nos han insultado y, sobre todo, han tratado de minimizarnos. Tratarnos con desprecio cuando alzamos la voz para decir una verdad incómoda.
Pero con esa voz nacemos.
Es el grito que damos al nacer.
Como todos los seres humanos.
Aunque, claro, ser mujer, profesional y lograr independencia y para colmo ser crítica puede herir a quienes siempre nos han querido sumisas, esclavas, maltratadas.
Cuando a una mujer le va bien y logra brillar, se nos hace tan difícil pensar que lo ha hecho a punta de esfuerzo. Porque para la misoginia enraizada en Ecuador, que una mujer tenga éxito es sinónimo de que es puta. Pero si esa mujer que, además de tener éxito, tiene voz propia, es una amenaza. Una puta amenaza.
El domingo pasado me tocó a mí. Pero no ha sido la primera vez que me dicen puta tratando de ofenderme, o que me inventan mil encuentros sexuales pensando que dañarán mi honor. Sepan que, aunque es difícil de entender para muchos, esos dardos sin sentido me tienen sin cuidado.
Es sencillo: un pensamiento misógino salpicado de ignorancia, vulgaridad, entendimiento limitado y embebido de corrupción es un cóctel que provoca violencia y atraso social, lo que constituye una peligrosa mezcla de violencia e ignorancia. Un discurso propio de quienes se han quedado detenidos en el tiempo, que históricamente han recibido el rechazo de un país no solo como políticos sino como seres humanos. Estas personas hoy utilizan las redes sociales y el micrófono como única arma para mantenerse intocables, como mecanismo de chantaje y callar voces críticas.
Muchas veces sonrío pensando que, en pleno siglo 21, existen hombres que todavía creen callarán a una mujer o la espantarán si la denigran o asustan. Seguramente hay muchas que sí. Y es entendible. Pero yo no. No está en mi esencia callar ante la injusticia, ante la amenaza y ante el atraco atroz de nuestro Ecuador. Un atraco sin nombre en hospitales. Mis publicaciones anteriores buscaban evidenciar actos de corrupción que ya son conocidos.
Hoy en tiempos de pandemia, surgen los peores parásitos, las miserias humanas, y otras pestes que se desnudan ante los ojos de todos. El país sabe quiénes son. La misma fiscal general, otra mujer, directa, lo dijo: “Aprovechar la emergencia para robar fondos públicos es de miserables”. Cuando aún en muchos hogares se siguen llorando pérdidas irreparables, el país rechaza a quienes sin escrúpulos han sacado provecho de la grave situación que atravesamos. El Ecuador entero los indentifica y los aborrece hoy tanto como en el pasado, no se explica cómo después de muchos años regresaron, y transitan por las calles vestidos de impunidad, como si no hubiera pasado nada. Son esos miserables a los que le sobran delitos y, para escudarse, insultan. Porque en su poco alcance cognitivo nada más pueden hacer.
Hoy más que nunca necesitamos alzar nuestra voz. Y vencer el miedo. A fin de cuentas he aprendido que las palabras merecen la importancia de quién las diga. Y que tu vida debe ser un reflejo de lo que dices.
Es muy complicado llegar a esa coherencia si eres infiel y gritas que eres hombre de una sola mujer. O si vives en la clandestinidad, prófugo, pendiente de si puedes aprovecharte de un momento… pero con tu boca repites pasajes bíblicos.
Las mujeres hemos sido, somos y seguiremos estando bajo la lupa mientras existan misóginos que, a falta de argumentos, nos ataquen de manera personal. Cuando somos una puta amenaza, suelen bajar el nivel de la discusión, porque no están a la altura.
Yo sigo aquí, con mi postura clara, aunque incomode. He sido una mujer de pocos amigos, pero de lealtades y convicciones. En estos 15 años que vivo en Ecuador me he encontrado de todo: hombres buenos y malos, mujeres verdugas y otras que son mis hermanas del alma. Y también gente que no vale la pena ni mencionar.
Pero no voy a quedarme en silencio. Nunca lo he hecho.
Y porque calladitas “no nos vemos más bonitas”. El domingo fui yo, pero ayer fueron otras y mañana serán más. Por mí, por ellas y por toda la gente íntegra, escribo esto como un recordatorio para no callar, no asustarse, no temer, no mentir y -sobre todo- no ofender. Que las máscaras y los sacos que cada uno carga se caigan solos. El resto seguimos aquí, firmes. Ya no les tememos. Sus insultos no nos pararán. Ya hemos despertado.