Soy amante de las culturas. Me fascina la gente diferente y puedo pasarme horas observando el comportamiento de las personas cuando viajo, cuando me siento sola frente al mar, cuando voy a una cafetería… Donde sea. Es ahí cuando puedo conectarme y observar la esencia del ser humano en sus formas, en como hablan, como se expresan, como miran, como gesticulan al hablar, el tono de voz que utilizan, la forma en que se relacionan con los que tienen cerca.
No hay nada más enriquecedor que nutrirnos de la gente, de lo que no conocemos. No hace falta ir lejos, podemos conocer personas complemente distintas a pocos kilómetros de casa y hacerlo nos abre la mente, nos vuelve más sociables. Nos da ‘mundo’, como dicen.
Ya saben que soy feminista y, como tal, cada vez que viajo y sin importar donde, no puedo evitar observar con detenimiento el papel de la mujer en aquella sociedad. Y, por supuesto, mi última aventura no fue la excepción. Turquía me sorprendió más allá de la belleza de Estambul, especialmente porque pese a ser un país laico –al igual que Ecuador- sus mujeres mantienen la vieja tradición del uso del burka, aquella triste prenda que utilizan las mujeres musulmanas para cubrirse prácticamente toda la cara y solo dejar a la vista de los demás sus ojos. Sé que hacerlo es su decisión, respeto sus creencias, pero no logro comprender por qué una mujer acepte salir a la calle tapada de pies a cabeza y, sobre todo, con la boca tapada. Pero como yo no me tapo la boca ni me quedo callada, empecé a preguntar… y las respuestas fueron estas:
- ¿Quién lo decide?
Se supone que ambos (esposo y esposa) deciden qué tanto se debe cubrir la cara ella, pero al final del día la mayoría de las veces la resolución la toma directamente él. - ¿Pueden hablar?
Sí, pueden hacerlo. En su casa mandan ellas, pero de la puerta de su hogar para afuera el que manda es el esposo. - ¿Cómo comen en lugares públicos?
Igual, con el burka puesto, y en los restaurantes deben levantarse el velo cada vez que llevan comida a su boca, y bajárselo otra vez después de dar el bocado. - ¿Cómo hacen en los aeropuertos y zonas de seguridad?
Igual, ellas deben levantarse el velo para los controles. - ¿Van al super o al mercado? ¿Cómo hacen?
Sí, pueden ir y hablar con todos, pero sin levantarse el burka. - Al llegar a su casa, ¿se sacan todo?
Sí. - ¿El burka tiene que ser siempre de color negro?
El burka tradicional sí, los que solo tapa su cabello no. - ¿Por qué se cubren la cabeza?
Porque en la religión musulmana el pelo de la mujer es considerado provocador.
Ok, todo bien. Si ellas son felices así, en serio todo está muy bien para mí. Me chocó, lo admito. No logro entenderlo, es bastante obvio. Pero también comprendo y respeto que ellas crecieron así y que eso es lo que conocen, que sus abuelas, sus madres y ellas lo han usado con normalidad, y que seguramente sus hijas también lo harán. Sin embargo, siento pena porque, felices o no, están invalidadas. “Mandar en su casa” no puede ser el único objetivo de vida de alguien y las creencias o religiones no pueden (bajo mi punto de vista) coaccionar la libertad de ningún ser humano. Francia prohibió el uso del burka hace algún rato, apelando a la libertad.
Entonces ahí estaba yo, en Estambul, observando su cultura maravillosa con tantas preguntas en mi mente, pero aceptando que todos tenemos libertad para decidir en qué creemos, qué pensamos y qué hacemos de nuestra vida. Y allí, transpirando en casi 40°C., con short y camiseta, estaba yo… mientras ellas, totalmente tapadas de negro, eran castigadas por el mismo sol. Fue, sin dudas, un momento de introspección: no podemos cambiar el mundo, no es posible interceder en decisiones de vida, y aunque una parte de mi quería correr a quitarle la tela de la cara a las mujeres la otra parte las admiraba en silencio, porque es complicado en tiempos actuales ser constantes en la vida y luchar por lo que crees, o por lo que no crees.
De regreso a Guayaquil me sigo viendo parada allí, en esa ciudad maravillosa que me llevó de regreso a mi infancia con los olores y sabores de mi niñez, con la emoción de mirar a mi alrededor y encontrar la diversidad en su máxima expresión. Con la sabiduría de una experiencia más, con un baño de respeto y aceptación, sabiendo que mis convicciones siguen siendo las mismas pero que el respeto está intacto. Agradecida con la vida por la oportunidad de conocer, absorber y luego transmitir convencida de que aún queda muchísimo más por aprender.