Vivimos en pleno Siglo XXI y, sin embargo, es más que triste el constatar como una gran cantidad de personas todavía reconocen como única familia a la ‘tradicional’, es decir la conformada por un padre, una madre y sus hijos. Sí, es así. Seguimos mirando hacia otro lado cuando la actual Constitución, en el artículo 67 para ser específica, reconoce a la familia en sus diversos tipos. En otras palabras la constitución reconoce muchas formas de formar una familia, por eso es completamente ridículo y retrógrado el pretender considerarla solo como el núcleo hetereoparental.
Bajo esa óptica equivocada y simplista, yo tampoco tengo una familia entonces, ¡y sí que la tengo! Y para mí, tengo la familia perfecta. Y es que crecí en el seno de una familia encabezada por mi madre y mis abuelos, luego mamá se casó nuevamente y papá murió. Yo también me casé, tuve dos hijos, después me divorcié y no tengo ningún plan de casarme otra vez. Si mi modo de pensar fuera básico y retrógrado creería que mis hijos tendrían altas posibilidades de repetir mi historia, pero no, yo no lo creo así porque pensar que los hijos repetirán la historia de sus padres es casi tan patético como creer que un niño que crezca en una familia homosexual optará por serlo.
Cuando entendamos que nuestra historia es solo nuestra y que nuestras decisiones nos pertenecen solo a nosotros y a nadie más, comprenderemos también que ser homosexual, lesbiana, transgénero, hetero, divorciado o madre soltera no es más que una condición personal y única. Concebiremos que decidirlo no tiene nada de malo o anormal, y comenzaremos también a vivir bajo la base más fuerte y transparente que puede tener una familia: el AMOR. No hace falta ser madre o padre biológico para amar. Ya es tiempo de que dejemos de negarle la felicidad a otros seres humanos simplemente porque tenemos posiciones o creencias diferentes a las de ellos.
La familia como tal es una institución, un derecho consagrado y garantizado por la Constitución de nuestro país y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y el cómo se la constituya es una decisión de cada uno. Las familias heteroparentales, de madres solteras, de padres solteros, abuelos, primos, hermanos, tios, las homoparentales, etc, existen y son reconocidas por igual. Son reales y son tan exitosas, o no, como cualquier otra.
Por eso hoy alzo mi voz por Satya. Después de seis años de intensa lucha, recién este martes la Corte Constitucional reconoció su derecho de tener legalmente dos mamás. ¡Después de seis años de una lucha que comenzó en el Registro Civil y que tuvo que llegar a la Corte Constitucional! ¿En serio? ¿Por qué?¿Por qué unos cuantos funcionarios y funcionarias no tuvieron el valor para hacer cumplir la Ley y la Constitución? ¿O porque en este glorioso nuevo milenio la justicia ecuatoriana todavía se hace ‘de la vista gorda’ con estos temas? ¿Por qué se imponía ‘justicia’ con base en valores religiosos o “morales”? Si eso fuera lo correcto este país debería estar libre de un poco corruptos, lacras, miserables, funcionarios públicos que jugaron con el futuro del país entero y de sus habitantes. Pero no es así, ¿cierto?
No entiendo entonces por qué nos detenemos como sociedad en la supuesta decadencia del ser humano para discriminar una familia homoparental. En el simple y básico “porque está mal” basado solo en lo que creen algunos, pasando por alto documentos fundamentales como la Constitución y la Carta Internacional de Derechos Humanos. Argumentos débiles, dignos de una sociedad encerrada en el doble discurso.
Satya, como muchos otros niños, tenía el derecho de crecer en su familia, y su hogar no era otro que junto a Nicky y Helen, sus dos madres que no necesitan un registro legal para serlo y mucho menos que la opinión pública las apruebe como tal. Lo que sí que necesitan es que se respeten sus derechos, que se las integre como una familia más de nuestra sociedad, y que dejemos de una vez por todas de ir por la vida profesando amor, libertad, igualdad, fraternidad, justicia y cualquier otro derecho humano y constitucional que no estemos dispuestos a otorgarle a otros solo por ser diferentes a lo que nuestros estrictos esquemas mentales, sociales y religiosos dictan.
Por eso, y porque finalmente tú y tu pequeño hermanito Arundel llevarán los apellidos de sus dos mamás, como siempre debió ser, hoy más que nunca, #ContigoSatya!