Fue la semana pasada. Me desperté y, luego de chequear los mensajes pendientes en el celular, me encontré con el bendito chat de la clase de mi hija. Si, “el bendito”. No me gustan esos chats grupales, ya lo escribí alguna vez, pero al final es algo prácticamente impuesto. Así que mayormente pasa allí, sin abrir…
Pero el jueves pasado sí lo abrí. Y me encontré con un video que mostraba la marcha que se hizo en Perú en contra de una ley que busca incluir la igualdad de género como parte del pensum académico. Luego de eso, un mensaje que buscaba que todas las madres apoyen esa posición, ya que en Ecuador se plantea hacer lo mismo. Se me erizó la piel. No solo porque siempre he promovido la igualdad en toda su expresión, sino también porque pienso que esa es la gente que está cerca a mis hijos. Porque a veces pensamos que quienes tienen un mínimo de educación siempre apoyarán la inclusión, el amor y la igualdad. Que a este mundo le falta amor, y que nosotros los padres somos esos agentes de cambio a través de nuestros hijos. Pero no, me equivoqué.
Mi respuesta fue escueta. No cuenten conmigo para nada en contra de la inclusión, les dije. No escribí más. Luego recibí miles de mensajes atacándome con argumentos intolerantes, ajenos al mundo real. Pero me mantuve en silencio hasta hoy. No escribo más en ese chat porque no me da la gana de entrar en una discusión con personas que no ven más allá de lo que ellas definen como ‘bueno’ o ‘malo’. ¡No!, decidí no entablar conversaciones con gente así. Puedo debatir y puedo llegar a estar de acuerdo en algunos puntos, pero no puedo aceptar la discriminación. No está en mi naturaleza.
¿De verdad hay que tenerle miedo a la igualdad de género? ¿Realmente hay quienes creen aún que es contagioso? ¿Es posible que todavía existan quienes piensen que si hay más apertura y tolerancia todos seremos homosexuales? ¿En serio somos tan limitados? ¿Aún creen que porque interpretan un libro como les da la gana, Dios o quien sea los aceptará en ‘el cielo’ (en el caso que el exista)? ¿Qué clase de sociedad estamos formando? ¿La del desamor, la desigualdad, el irrespeto e intolerancia? ¿Qué tipo de seres humanos formamos en casa? ¿Niños juzgadores? ¿Niños que no aceptarán lo que no es igual a ellos o, peor aún, que crean que si no es como ellos está mal?
Este texto es una protesta y un llamado de atención a nosotros mismos. ¿Qué estamos haciendo y en qué estamos pensando? ¿Qué queremos como sociedad? ¿Qué es más importante? ¿La apariencia? ¿Lo que ‘está bien hacer’ o lo que nos hace feliz, nos libera y nos hace mejores? En lo que a mí respecta, poco o nada me importa la opinión de un grupo de madres de familia de un chat y por eso mismo lo expongo. Porque si esto se está replicando en otros lugares es realmente alarmante. Lo mejor sería que lo expongamos, que busquemos solucionarlo. Para que haya una educación incluyente, igualitaria, sin discriminación. Que aceptemos las opiniones y respetemos las posiciones sin que esto signifique apartar a nadie. Con respeto y tolerancia.