Bienvenidos a la nueva normalidad. En ciertos momentos del día, hacemos nuestro balance. Hay quienes han perdido seres amados. Los más afortunados, hemos perdido cosas materiales, planes, proyectos, viajes…
Hemos pospuesto nuestra vida, hemos dejado de planificar tanto, vivimos sin prisa, pero con incertidumbre, y le dedicamos más tiempo a todo, porque sabemos que eso sí no lo podremos recuperar.
Tomamos con calma el café, almorzamos sin tanto apuro, estamos más con quienes importan, vivimos con mucho menos de lo que creíamos necesitar y nos hemos dado cuenta de que no necesitamos tantas cosas para sentirnos bien.
Hemos percibido de cerca la solidaridad de las personas, hemos conocido el liderazgo -o la falta de él- en quienes gobiernan nuestro país. Hemos reflexionado en cuán importante es meditar bien nuestro voto. Sabemos ahora que hay quienes huyen cuando el barco se hunde, que se esconden en oraciones y fundaciones; otros que, desde lejos, se frotan las manos con el caos y, como siempre, hay quienes necesitan acaparar el titular del día siguiente.
Aquí se ve de todo y se siente de todo: miedo, ansiedad, impaciencia. Hemos perdido el control -o pensamos que lo hemos perdido- cuando la verdad es que nunca lo tuvimos.
No existe el pasado. No existe el futuro. No controlamos el presente, somos enanos en un universo enorme. Simples seres humanos que, cegados por el brillo del poder, nos sentimos intocables, importantes, únicos, impenetrables.
La muerte nos llega a todos por igual. El famoso y el que no lo conoce nadie afuera de su casa. El que tiene plata y el que no la tiene. ¿Quién tiene más posibilidades en esta nueva normalidad? El que está sano. Todo lo demás, no importa, todo lo demás no sirve.
Decidí venir a Santa Elena desde el día uno de la cuarentena. No he podido ni he querido escapar de las emociones y sensaciones que seguramente se han replicado en millones de personas alrededor del mundo.
He llorado, me he sentido mal, he perdido la paciencia, me he reído hasta las lágrimas por las cosas más simples, he sentido impotencia, estoy ansiosa, preocupada, cabreada, triste, melancólica. Me he sentido vulnerable. He tenido miedo. Todavía lo tengo.
Tememos a lo que no conocemos. Por eso, durante estas cinco semanas, el miedo se cuela en todos los espacios. No sabemos qué puede pasar más adelante, cuánto más va a durar. Nos hacemos preguntas y solo encontramos silencio.
Podemos llenar este espacio oscuro y callado con nuevas emociones, con nuevas resoluciones. Desde la humildad de nuestra condición humana, cuestionemos qué es normal hoy. Qué es imprescindible. Qué es vital. Qué nos hace felices, qué nos hace falta. En quién podemos confiar, a quién extrañamos…
No esperemos a que nos den una luz verde para reiniciar. Esa señal ya nos la dieron, cuando nos dijeron que volviéramos a casa para salvarnos.