Catorce años han pasado ya desde la primera vez que pisé Guayaquil, y es increíble. Sí, aunque no me haya dado cuenta, llevo ya más tiempo viviendo en Ecuador que el que viví en Chile, el país en el que nací, crecí y estuve por doce años, e incluso que Perú, donde mi vida transcurrió por una no menos importante década. Aún recuerdo el primer día como si fuera ayer: estaba realmente muerta de miedo pero también llena de ilusiones por comenzar una nueva y diferente etapa de mi vida, Ecuador no estaba en mi órbita para ese entonces pero, como siempre he sido avezada, vivir en un lugar diferente sin conocer a nadie era parte de una historia de vida que tenía que suceder.
Y fue así como comenzó mi aventura aquí en aquel ya lejano 2004… Guayaquil fue desde el inicio –y lo es todavía- una ciudad que acoge, que envuelve de mil formas. Para muchos el calor puede ser algo muy complejo, especialmente durante los meses de invierno, pero a mí me abrazó, al igual que su gente que en su mayoría me recibió con una sonrisa, y aunque unos cuantos lo hicieron con seriedad al final es de eso que se trata la vida, de encontrar gente diversa en el camino, y esta ardiente ciudad también es excelente para aquello.
Está bien, admito que catorce años después la ubicación es algo que todavía me cuesta, pero ese es un defecto de fábrica de la ‘desubicada’ de Catrina que no se ubica en ningún lugar, ni en Lima, ni en Santiago, tampoco en Guayaquil. Tengo el GPS dañado como dicen por allí, es cierto, pero lo que sí puedo asegurarles es que prefiero mil veces perderme aquí que en cualquier otra ciudad, porque, ¿saben algo?, ¡Guayaquil enamora! Sí, es gratificante vivir en una urbe que ves crecer día a día. Da gusto que tus días transcurran en un lugar donde sus habitantes inflan su pecho de orgullo al decir que son guayaquileños. Es enriquecedor saber que todos los que acá vivimos queremos que nuestra ciudad sea cada vez mejor, que peleamos por ella, que la defendemos con las garras y el corazón, que no solo que nos enorgullece su progreso sino que además lo sentimos nuestro.
No importa que seamos extranjeros, Guayaquil siempre se siente propia. Y es que, cómo no enamorarse de su gastronomía, de sus costumbres, de los cangrejales, del infaltable encebollado dominguero o los bolones que en cualquier día y hora caen tan tan bien. Cómo no adorar sus calles que guardan los pasos de millones de personas que caminan sus regeneradas aceras, sus parques, sus malecones… Algunas, como yo, las hemos caminado además para pasar las penas, para reinventar la vida, dejar atrás las frustraciones y llorar, llorar de pena pero también de alegría. Guayaquil es siempre excelente compañera y amiga en los momentos en los que queremos estar solos.
Es extraño, no había escrito nunca de Guayaquil y la verdad es que creo que debí haberlo hecho mucho antes. Ahora, mientras lo hago, me doy cuenta de todas las increíbles cosas que he vivido en esta ciudad, de todos los cambios que mi vida ha experimentado en este lugar, de lo mucho que he crecido, de lo feliz que aquí he sido… Y sí, no hace falta haber nacido acá para sentirme Guayaca, gracias por tanto Guayaquil, gracias Guayaquil de mis amores.