¿Por qué somos los ciudadanos los que tenemos que sufrir las consecuencias de gobiernos corruptos, autoritarios e inhumanos? ¿Se lo han cuestionado alguna vez? Seguro que sí, que al igual que yo, miles de veces, ¿cierto? ¿Por qué millones de personas deben migrar y refugiarse por todo el planeta cuando es más fácil y correcto que unos pocos ineptos y prepotentes dejen el poder? ¿Por qué en vez de hacerle una indolente y quemeimportista venia al cierre de fronteras, imposición de visados o pasaportes especiales, o a la construcción de muros la comunidad internacional –la verdadera, la conformada por ciudadanos y no por políticos- no se concentra en exigir a los gobiernos soluciones, en intervenir de manera democrática?
Suena utópico, sí. Parece un sueño, también. Pero a estas alturas del camino ya no podemos permitir y mucho menos aceptar discursos de doble moral. No podemos estar “asombrados y molestos” porque Donald Trump decide construir un faraónico muro en la frontera de Estados Unidos con México, no podemos rogarle a la Unión Europea la eliminación de la Visa Schengen mientras que en Ecuador le exigimos inalcanzables pasaportes biométricos a nuestros hermanos venezolanos para permitirles la entrada y la posibilidad de escapar de una desgarradora realidad que ya ha superado por mucho cualquier suerte de precedente en la región. Y no exagero, no. Requerirles esos pasaportes es darles un portazo en la cara, erigir en sus narices el soñado muro de Trump. Y Lenin Moreno lo sabe bien: para los venezolanos un pasaporte biométrico es un lujo gigante a día de hoy, simple y sencillamente no lo tienen, y es prácticamente imposible para ellos conseguirlo.
No podemos entonces cerrarle las fronteras a toda esa pobre gente que viene huyendo de sus hogares y dejando todo atrás porque tiene hambre, porque tiene sed. Porque ya les resulta imposible vivir en medio de tanta violencia. Eso nos convierte es inhumanos, en gente de mierda. Si, tal cual. Permitir que otro ser humano pase por una situación como esa y encima de todo cerrarle la puerta y abandonarlo a su suerte es ser gente de mierda.
Vengo de una familia de migrantes, lo saben bien. Mis bisabuelos huyeron de lo que hoy es Siria cuando el Imperio Turco Otomano conquistó una gran parte de Europa y parte de Asia. Algunos llegaron a Chile, otros a Perú, pero todos arribaron sin nada, apenas con lo que llevaban puesto. Somos árabes a quienes el destino nos obligó a pisar Sudamérica. Yo nací en Chile, viví en Perú, ahora lo hago en Ecuador y probablemente terminaré mi vida en otro lugar. Espero que en mi caso sea por decisión propia, ojalá, pero lo cierto es que cuando uno migra casi nunca lo hace porque quiere sino porque tiene, y ahí hay una diferencia muy muy grande. Nadie que yo conozca quiere dejar su país para comenzar absolutamente desde cero: buscar un techo, un trabajo, aprender una nueva forma de vida en una tierra distinta, lejana, apartado de su familia, de sus amigos, de sus afectos, de todo lo que conoce, de sus raíces. Nadie.
Lo que está sucediendo en Venezuela es más que nefasto, es la peor crisis humanitaria de la historia del continente. Y la solución está en exigirle a Nicolás Maduro que tome cartas en el asunto, porque en esencia es un problema político-económico con consecuencias sociales cuya extinción debe ser exigida y garantizada a nivel de Gobierno. Mientras tanto, las secuelas no las deben sufrir solo los desplazados, no. Eso no está bien. Debemos exigir al presidente ecuatoriano Lenin Moreno medidas extremas con la dictadura venezolana, debemos demandar a nuestros asambleístas que dejen de apoyar un régimen totalitario solo por continuar con un capricho estúpido. Debemos dar la espalda a Gabriela Rivadeneira que no puede ser tan descarada y decir que sabe que “su compañero Maduro” solucionará el problema porque ese tipo de comentarios únicamente solapan al dictador.
Ojo, no soy ingenua y por supuesto que entiendo también el impacto económico y social que toda esta situación supone para Ecuador. Sin embargo, aún así no podemos cerrar nuestras fronteras e impedir que otros seres humanos tengan la oportunidad de un futuro mejor. Estados Unidos no nos negó el ‘sueño americano’ en los 80’s, y países como España e Italia nos recibieron por millones como producto de la ‘crisis bancaria’ de los 90’s. ¿Así lo pagamos?
Es hora de que los famosos “órganos internacionales” sirvan de algo de una vez por todas. Sus reuniones inservibles y que rara vez han logrado un cambio trascendental deben quedar atrás, despertemos, gritemos, escribamos, publiquemos y exijamos respuestas y soluciones. Esto está sucediendo al lado nuestro, atravesando la puerta de nuestras casas… Es hora que los verdaderos responsables encuentren y apliquen las soluciones, sin que eso signifique ser indiferentes con nuestros hermanos venezolanos. Hacerlo solo nos convierte, como dije antes, en gente de mierda.