- -“¿Eres mala como la gente dice que eres?”
– Define mala…
-“Mala… pues brava, estricta, bruja”.
-¿Esa es tu definición de mala?
-“Es lo que la gente dice…”
Tuve esta conversación alrededor de cinco veces la semana pasada, lo que me llevó a concluir que, efectivamente, soy vista como “la mala de la película”.
Esta es una película en la que todos han definido que soy la mala porque soy sincera, directa, práctica.
¿Que la gente me tiene miedo? Sí. ¿Que a veces no quieren acercarse a mí? También. Pero no es porque soy mala, sino por mi exceso de frontalidad, como me dice un amigo. Quizás eso es algo que debo corregir, tendré que ir bajando poco a poco a mis niveles de frontalidad. Pero lo que soy hoy me ha definido siempre.
Es lógico que haya asumido el papel de la villana ante los ojos de los demás porque soy la que tiene que tomar las decisiones. La que debe decirle a la gente sí o no, te vas o te quedas, mueres o vives –si hablamos de personajes de telenovelas, claro-.
Soy la mala en el mundo de la caja boba, pero en la vida real todas las decisiones traen consecuencias positivas o negativas para todas las personas. Algunos reaccionan bien y otros no tanto. Unos inventan historias dignas de guionistas de Hollywood, otros optan por el silencio. Unos se victimizan al punto de convertirse en protagonistas de sus propios dramas y otros salen por la puerta grande. Algunos se molestan y otros lo aceptan. En conclusión, soy mala porque mis decisiones, a veces, no son del agrado de la mayoría.
También soy mala porque no me dejo, porque reacciono a las amenazas de seudopoderosos de turno, porque digo las cosas en la cara cuando nadie más lo hace.
Soy mala porque enfrento a la gente si creo que están haciendo las cosas mal. Soy mala porque escucho a quienes –en teoría- “no debo”, pero también sería mala si no los escucho. Al final, es el precio de tener el trabajo que tengo. Soy mala porque hago ese producto y también si dejo de hacerlo.
Trabajo con el ego, con seres humanos que son endiosados a diario por miles de seguidores en las redes sociales; trabajo con actores y actrices que a ratos caminan por las nubes, que se creen incapaces de equivocarse. Cuando toca hacerles ver que sí lo están la reacción es voraz. Entonces me convierto en la mala.
Porque no acepto regalitos a cambio de apariciones televisivas, porque digo no me gusta, porque decido que te toca morir y no te enteraste, porque no mezclo lo personal con lo profesional.
Entonces, si mañana vuelven a preguntarme si soy mala, mi respuesta será diferente… diré que sí, a secas, porque a estas alturas de mi vida no puedo ni quiero dar explicaciones de bondad o maldad.
Soy mala por todo lo que dije anteriormente, pero también trato de ser justa, de pensar en el colectivo común, de preferir el bienestar de un grupo que el placer de uno. Soy de las que creen que todos merecen brillar y no solo unos cuantos. Soy de las que ven más allá de lo físico. Amo lo que hago no solo por el momento, siempre pienso en el futuro. ¿Y en el presente? Solo me concentro en creer en la gente, pero sobre todo en mí.