Detesto la mediocridad. No la tolero. Sí, así de simple, así de tajante. Y quienes me conocen o están a mi alrededor lo saben. No importa el campo de la vida en que nos desenvolvamos o la situación en la que nos encontremos, cuando creemos que somos los mejores, que lo sabemos todo, que somos irremplazables, que en nuestras palabras reposa la verdad absoluta, solo se puede esperar lo peor… Que se desarrolle un proceso de mediocridad que inevitablemente termina aniquilando todas nuestras cualidades.
No puedo ni quiero relacionar este tema con espacios en donde no me muevo, pero sí que voy a hacerlo con los que tengo y siento cerca. La mediocridad está tan agarrada de la mano con el ego que asusta, y en el medio en el que me desenvuelvo es el pan de cada día. Tanto que ya los conozco a la perfección: los mediocres no creen en la crítica, para ellos no es más que un insulto que evidencia que tampoco conocen la autocrítica. Y, a mi modo de ver las cosas, si no la conoces y sabes llevarla, lo mejor que puedes hacer es no trabajar en un canal de televisión porque terminarás enfermo. Sí, así de sencillo, así de duro.
La mediocridad es lo más parecido a una epidemia. Basta con que exista un solo mediocre en el grupo para que los demás se contagien poco a poco. Esta enfermedad es la hermana melliza del facilismo pues un mediocre siente o piensa siempre que lo que hace es lo mejor. Confunde lo simple con simpleza y lo práctico con cómodo. No le interesa superarse en aquella comodidad encontró su modus vivendi, su estado vital.
Conozco actores, directores, productores y periodistas que basados en absurdos como “yo lo sé todo”, “mis fuentes son las mejores”, “tengo una gran trayectoria”, “tengo años de experiencia en esto”, “ya lo vi y viví todo”, no son más que mediocres. No investigan… Se escudan en la ‘libertad de expresión’… No asisten a talleres porque “ya lo saben todo”… No leen porque “no sirve de nada leer”… No ven más allá de lo que sus ojos les muestran o solo escuchan a quienes los endulzan… Hablan sin pruebas, escriben sin fundamentos… Actúan de manera lineal, producen siempre lo mismo… No se ponen metas, creen que nunca nada cambiará y desvalorizan cualquier esfuerzo ajeno…
Son una epidemia, una peste, –lo reitero- y la causa de enfermedades aún más fatales y terribles. Y es que la mediocridad le abre a puerta al autoritarismo. Los mediocres no cuestionan y tampoco se esfuerzan, van por la vida repitiendo discursos ajenos. Es así como dan oído a los dictadores, que luego a través del odio y la división siembran totalitarismo mientras que la mediocridad es silenciosamente complaciente con ellos.
“Es mejor ir con la corriente, adaptarse, acomodarse, y no alzar la voz”, piensan. Y así actúan. Por ello creen que todos son su competencia, que todos son una potencial amenaza a su trabajo y estilo de vida, un futuro enemigo. Un mediocre no quiere que su equipo crezca o se luzca, quiere brillar él solo. No trabaja en función a un resultado sino en función de él mismo y de su ego. Sí, el ego y la mediocridad se aman. Se adoran. Tienen una relación que pocas veces se rompe y, lamentablemente, esa unión muchas veces es suficiente para colapsar cualquier idea o planificación. Un mediocre con ego obeso no puede ser parte de un proyecto exitoso. El ego obeso siempre está acompañado de mentes anoréxicas.
Detesto la mediocridad. No la tolero. Y aunque es extenuante, desgastante, lucho a diario contra ella porque temo algún día contagiarme. Por eso busco siempre proyectos diferentes, exijo, presiono, me pongo metas. Quienes me conocen o están a mi alrededor saben muy muy bien que jamás me permitiré infectarme y que nunca permitiré que mis proyectos mueran por su culpa. ¡Mediocres!