¿Cómo definir a mi abuelo con las palabras precisas y sin que ninguna escape?
En realidad no lo sé. Porque mi abuelo significa tanto en mi vida que aún no encuentro cómo describir su eterna preocupación, su ejemplo y su importancia en mi crecimiento. Mi agradecimiento siempre será, más que inmenso, eterno.
Viví con el los doce años que estuve en Perú y almorzábamos juntos casi todos los días. Con él aprendí que las sobremesas son los momentos más ricos para compartir en familia, y con él también mantuve las conversaciones más intensas. Cuando era niña nos reíamos viendo juntos en Chavo del Ocho, pasamos por todos los campeonatos de fútbol y terminamos debatiendo sobre política… yo tan liberal, él tan conservador.
Mi abuelo fue el fan número uno de mis bailes árabes, tanto que yo podía sentir su orgullo al verme. Gracias a eso siempre he creído que bailar es una forma de evidenciar mi amor hacia él y hacia el mundo árabe.
El mío no solo es el abuelo más dulce, sino un padre ejemplar. He visto el amor que tiene por sus siete hijos, he sido testigo de su equidad hacia todos, veo con emoción su desprendimiento si de sus hijos se trata y, sin duda, veo con admiración el ejemplo de hombre que es para todos quienes lo conocen.
Mi abuelo es un hombre intachable, dedicado a su familia, enamorado de su esposa desde hace más de cincuenta años… ¡El suyo es uno de los matrimonios más lindos y sólidos que he visto!
Mi abuelo es un hombre que merece todas las connotaciones positivas que existen y, como su nieta mayor y testigo de su amor incondicional a la familia, me siento afortunada de haberlo tenido en mi vida.
Hoy mi abuelo padece Alzheimer, pero mantiene su sonrisa y su ternura. Aunque quizás no me recuerda y seguramente no sabe cómo me llamo, sigue poniendo sus manos en mis mejillas cuando me ve y su mirada aún es la más dulce.
A veces busco en sus ojos una ráfaga de recuerdo. Una señal de que está pensando en nuestras conversaciones, en los chistes malos que yo le contaba, en los años que compartimos. Luego comprendo que eso, ahora, sencillamente no importa.
Porque yo le repetí, una y mil veces, que lo amaba, que lo admiraba y que era mi ejemplo de vida. Eso lo llevamos dentro ambos. Hoy, yo también le pongo las manos en las mejillas y lo miro a los ojos sonriendo. Así es como me gusta decirle “te amo abuelo Neme, gracias por existir”.