Sé que en las últimas semanas he estado un poquito ausente, diferentes obligaciones y responsabilidades me han impedido escribirles con la regularidad de siempre, pero hoy me desperté muy temprano y con algo más de tiempo y, mientras me miraba al espejo, hacía un resumen de los últimos días y celebraba el saber que tengo más de un motivo para sonreír, levantarme con muchísimas ganas y mi mejor actitud.
Hoy me levanté con mi mejor cara, sí. Porque aunque en mi baño hay muchas más cremas, tónicos, mascarillas y aguas miscelares que en 2009, sonrío y le pongo nombre a cada arruga, a cada expresión, mancha o cana que me saludan al despertar. Las mujeres somos como un libro de experiencias y cada una de ellas nos marcan como capítulos de vida, y no sé si ustedes también pero yo sí tengo identificadas algunas manchitas y canas –sobre todo-, sé cuando aparecieron y por qué lo hicieron, y es por eso que cuando me dan ganas de arrancármelas solo miro hacia atrás y se me pasa. Y claro, luego están todas las demás, que salieron como alumnas obedientes y que no me generan ni una sola sonrisa (tampoco diré que vivo feliz con todas las canas).
Pero, como les decía, hoy me levanté con mi mejor cara. Y es que motivos no me faltan. Ayer, en una pequeña conversación por WhatsApp con mi amiga Silvia Buendía, le comentaba lo contenta e ilusionada que estoy al saber que hoy Ecuador está a solo un paso de poder gritar a los cuatro vientos que el matrimonio igualitario ya es una realidad en nuestro país. Pongo mi mejor cara también al recordar que esta semana Guayaquil eligió una nueva líder en lo que fue un triunfo para las mujeres, que bien sabemos que hasta hace poco todo era mucho más difícil. Pero hoy estamos ya más empoderadas, hablamos, cuestionamos y no nos callamos. Falta mucho, sí, pero tener líderes mujeres siempre nos pone un paso más cerca de la igualdad.
En lo personal, en lo más íntimo, tampoco me faltan motivos. El martes pasado Ellie cumplió diez años. Sí, diez, y mirando en retrospectiva puedo decir sin dudar que ha sido el tiempo más feliz y rico en experiencias, en momentos, en decisiones, en todo. También me hace feliz constatar que Nabil es un valiente. Esta semana estuvimos haciendo algunos recorridos médicos con él y su valentía y madurez a sus escasos siete años es todo un aprendizaje. A veces siento que con su mirada me envía un mensaje de tranquilidad que solo él y yo entendemos, él es de los que me llama y dice “mamá, todo está muy bien, quédate tranquila. Te amo!”. Sí, a los siete años.
Y por último, pongo mi mejor cara por los reencuentros. Mi bis abuela chilena al fin conoció a su bis nieto Nabil, volvió a ver a su bis nieta Ellie y se abrazó con mi mamá después de diez años… ¡si hubiesen visto la cara de mi abuela me entenderían! Los reencuentros alimentan el alma, la llenan de gozo, de ilusión, de emoción. Creo que al final de la vida lo único que quieres es irte con esos momentos, y mi abuela a sus 84 años hoy sin duda fue feliz, hoy puso su mejor cara, al igual que yo. Y tú, ¿qué esperas para ponerla también?