La Navidad es de los niños. Es una frase que me ha acompañado en prácticamente toda mi vida, desde que dejé de creer en aquella gorda y querible figura de Papá Noel. “Los niños son los que más disfrutan este tiempo, y es por ellos que hay que cultivar ese espíritu”, me repetía amorosamente mi abuelita.
Y así me lo he repetido a mi misma siempre. Y así también he tratado de honrar esta tradición siempre. Sin embargo, esta Navidad me sabe mal. Me duele en el alma. Este año, debo admitirlo, el espíritu navideño se me fue al infierno –por decirlo menos- en el momento mismo en que me enteré de la muerte de Emilia. ¿Imaginan ustedes lo que será esta Navidad para la familia Benavides? ¿Creen que en este mundo exista consuelo para ellos ante semejante atrocidad? Yo no lo creo…
Tengo un enorme nudo en la garganta y no me salen las palabras. Lo intento, pero mi cerebro simplemente no es capaz de comprender cómo alguien puede hacerle daño a una niña de nueve años, peor aún asesinarla. No conocí a Emilia y ya no podré hacerlo jamás, y aunque seguramente solo fui uno más de las miles que hicimos un RT o ayudamos a difundir su desaparición, ella y su padre me dejan una enorme lección que la conversaré en estos días con mis hijos, y que seguramente será el más grande regalo que los que vivimos en este país y estamos asombrados y conmovidos por actos de violencia como este podamos dar a los más pequeños de nuestras familias.
El papá de Emilia me transmitió una paz que solo un ser de luz puede lograr. Pese a la terrible noticia que recibió y a las aún más espantosas circunstancias de la muerte de su pequeña de solo nueve años, no dijo ni una sola palabra violenta. No juró venganza. Él solo habló de unión y de perdón. Ángel es un hombre sabio que aunque quiera cambiar la realidad con todas sus fuerzas sabe que no puede y lo acepta, y agradece de pie a todo un país que se unió en la búsqueda de su hija. ¡Bravo valiente! No solo dejas en evidencia cuánto nos falta madurar como sociedad, sino que también nos has dado una gran lección con el más grande acto de fortaleza y valentía que –al menos yo- he visto en este año. Te agradezco infinitamente por ello y si pudiera abrazarte lo haría una y mil veces, porque jamás encontraré las palabras que lleguen a sanar tu alma.
Ayer, mientras acostaba a mi hija, pensaba en él y en Emilia. Ellie, mi pequeña, tiene también nueve años. No logro sacarme su imagen de la cabeza y de pensar cuan indefensos y vulnerables son los niños, más, muchísimo más de lo que realmente imaginamos. Esta Navidad conversaré con mis hijos sobre Emilia y les contaré que fue la niña que logró unir a todo un país en su búsqueda, y que nos presentó a su padre como uno de los hombres más valiosos que hemos descubierto en este 2017.
En esta Navidad honremos a Emilia y pensemos en ella. En ella y su familia. Y, a través de ella, exijamos justicia para todas y cada una de las niñas que han sido violentadas en el país. Exijamos en su nombre que no quede en la impunidad ningún crimen sexual, ningún maltrato, ninguna víctima de violencia y odio. Demandemos más protección, mas efectividad, y también más justicia. Ha quedado demostrado que cuando todo un país se une sí se encuentran las respuestas, así que ojalá que el nombre de Emilia no se nos olvide nunca. No pasemos esta Navidad sin Emilia, y que no haya más Navidades sin Emilias en el futuro.