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En este mes, quizás más que en ningún otro, hay cientos de mujeres castigándose mentalmente por haber fallado en esta especie de examen en el que se ha convertido la maternidad. No poder obtener algo que se publicita como lógico, natural y gratuito a cierta edad genera una frustración que puede aniquilarte. A mí me pasó.
Quedar embarazada no es tan fácil para todas. Y la presión aumenta cuando ya lo logras después de una pérdida. Comes cosas que jamás comerías, dejas de hacer tu vida normal y tu vida pasa a segundo plano… ¿Pero qué pasa si a pesar de seguir todas las reglas lo pierdes otra vez? Entonces la frustración es más profunda que antes. Todo empeora, desde las dudas, las desilusiones y las ganas de intentarlo de nuevo hasta el sexo con tu pareja.
Antes de que nazca mi hija Ellie tuve tres pérdidas. La última vez eran gemelos y habían muerto después de cinco meses y medio en mi vientre. Tuve que hacer el trabajo de parto sabiendo que cuando todo el esfuerzo físico acabe, yo no saldría de ahí con bebés rosaditos en mis brazos, como las otras mamás. Viví la depresión posparto pero no había malas noches ni llantos de niños. Estaba acompañada únicamente por esa pena tan profunda que aún no sé a qué se puede comparar.
Entonces yo, que ya había perdido dos embarazos antes de ese, dejé de luchar y dejé de pensar que había algo mal conmigo. Le dije a quien era mi esposo que ya no quería pasar por eso de nuevo. Que adoptaría.
Créanme que me miraba al espejo y no veía a Catrina, sino a una versión triste y gorda de mí. Había seguido las reglas y a mi alrededor no había el bebé que deseaba para completar mi vida feliz. Entonces me dije “no puedo ser mamá”, no solo como un diagnóstico clínico que una nunca termina de entender, no solo porque perdía un hijo tras otro; sino porque me estaba presionando, me perseguía el deseo de tener lo que se supone que debía tener a mi edad. Y no podía con esa presión.
Por eso cuando escucho a mujeres que dicen “no puedo ser mamá” las entiendo. Yo no podía en ese momento, porque no estaba lista. No estaba libre de los murmullos de la sociedad egoísta y malévola que especula por qué no puedes hacer lo que tienes que hacer, que te condena a la lástima general, que insiste en la idea de que eres tú la defectuosa. No lo eres.
Me preparé desde el fondo de mi alma para adoptar o para no tener hijos, sin darle explicaciones a nadie. Me convertí en una persona más fuerte. Sin torturarme y pensando en mí. Después de un tiempo salí embarazada y, fiel a mi promesa, hice todo lo que quise. Sin presiones, sin opiniones, sin expectativas. No di cabida a los consejos ni a los miles de libros que te dictan reglas desde el momento en el que sale positivo. Viví un día a la vez, tratando de manejar la ilusión que crecía.
No puedo ser la mamá que esta sociedad espera que sea. Puedo y quiero ser la mamá que a mí me dé la gana de ser. Esa es la lección que me dejaron todos mis hijos, especialmente los que no me acompañan hoy.