Desde niños nos enseñan a lidiar con la paciencia pero no siempre podemos lograrlo, es muy difícil hacerlo… Sí, mantener la calma es una de esas virtudes que siempre demandan trabajo extra para cualquier persona, al punto que estoy segura que no existe un solo ser humano que no haya perdido la serenidad jamás. Y yo soy uno más de ellos. La impaciencia es uno de mis más grandes defectos y siempre he sido impetuosa, siempre trato de solucionar todo lo más rápido posible. No me gusta darle largas a lo que tiene una vida corta o una solución fácil.
La paciencia no me define. Sin embargo, en estas últimas semanas he tenido que ponerla en práctica porque siempre ocurren cosas que crees poder controlar, pero no es así. Sobre todo cuando sobrepasan tus límites. Tengo un trabajo diario con mis hijos al respecto y, aunque me cueste, trato de enseñarles la importancia de saber esperar. De hecho, también es un aprendizaje para mí. Intento buscar momentos que nos obligue a desarrollar la serenidad, desde esperar en la fila enorme de algún supermercado hasta la espera para las citas médicas. Esperar, tan simple y tan difícil de lograr… Mucho más que mantener la calma, la paciencia es esperar sin esperar.
Esta semana colapsé. En todo sentido. No toleraba las quejas de los actores ni las peleas de mis hijos, tampoco las actitudes de los que me rodeaban, sus conversaciones banales, etc. Perdí la paciencia. Me sacaron de balance y me desestabilicé por completo. Y aunque en la actualidad son pocas las cosas y las personas que me hacen perder el equilibrio, esta semana recaí. Y en medio de este laberinto por tratar de salir de la incomodidad comencé a pensar en cómo regresar a mi centro. Recordé todo lo que costó lograr llegar a tener paciencia, desde mi divorcio y todo lo que sucedía a mi alrededor en ese entonces hasta el momento más banal. Me acordé de Tania, mi hermana del alma, y de todas las conversaciones que tuvimos en aquellos días llenos de impaciencia. Su consejo más sabio por aquellos días fue tres palabras que siempre tengo presente: “esto también pasará”…
Al escucharla puede sonar lírica, cliché o cursi, pero la frase de Tania constituye en sí misma una realidad poderosa. Porque la realidad es que todo pasa, y cuando recuperas la calma te preguntas por qué perdiste tanto tiempo pensando tonterías, escuchando a las personas que no debías, dedicando tu energía a situaciones que no te suman… O simplemente dándole importancia a lo que no es importante. He crecido atravesando años de montañas rusas emocionales y para una mujer como yo no siempre fue fácil mantenerse en silencio. No obstante, hoy más que nunca recojo las palabras de mi hermana y las acojo con un poco más de experiencia y sabiduría. Vuelvo a concentrarme en mí, en mirarme al espejo y observar solo lo importante, los momentos que me dan felicidad y lo que me llena el alma. Porque todo lo demás pasa, aún cuando sientas que no. Porque ni la paciencia evidencia perfección ni la impaciencia imperfección, y aunque sea una guerra interna que llevamos todos desde niños, todos, todos hemos perdido alguna batalla en el camino y, sobretodo y como me enseñó Tania, “eso también pasará”…