[est_time] de lectura
Estamos viviendo a la vez el inicio de una campaña electoral y el final del campeonato de fútbol. La pasión desmedida, la que controla al que la siente, se desborda por redes sociales y en las calles…dejando de lado la razón.
El fútbol moviliza emociones. Cuando juega la selección la pasión se asoma muy temprano. Nos sentimos más ecuatorianos que nunca cuando vemos a los once jugadores en la cancha, tocándose el pecho mientras cantan el himno, anotando un gol y ganando el partido. Aspiramos bocanadas de orgullo (“ganamos”, decimos) y exhalamos pasión por días, vestidos de amarillo, recordándoles a todos las virtudes de los seleccionados…¿Y si pierden? La pasión nos desata el ogro que llevamos dentro, atacamos sin piedad al técnico, nos burlamos de los jugadores, insultamos a los que creemos responsables de nuestra ira y decepción. Odiamos con pasión porque no nos gusta perder.
Las chispas de la política son más potentes. Esa pasión que sentimos por el candidato con el que tenemos afinidad perturba nuestra razón. Somos capaces de irnos en contra de todos; podemos llegar a disfrazarnos de un ser que no somos.
La misma pasión que nos empuja cada día en nuestra vida amorosa y profesional nos lleva a ser intolerantes con quienes piensan distinto, peleamos con pasión por lo que creemos o nos conviene creer, pero nos tapamos los ojos y los oídos pero abrimos la boca cada vez que podemos. Hablamos o escribimos con el hígado sin pensar en lo que decimos…y cuando recapacitamos suele ser demasiado tarde. Ya lo dijimos, ya lastimó a alguien o quedó en alguna nube.
Irónicamente, nos sentimos muy seguros de actuar racionalmente cuando estamos en medio de una discusión apasionada. Los argumentos surgen a gritos, perdemos el control en esta carrera por tener la razón. Sentimos que somos incomprendidos -quizás porque podemos decir las estupideces más grandes del planeta- y segundos después no sabemos cómo retractarnos.
¿Cuánta chance le hemos dado a la pasión? ¿Cuántas veces hemos visto a deportistas, líderes de opinión o políticos de turno dominados por la pasión y los hemos admirado por la fuerza de sus palabras y sus gestos?
Debo admitir que la pasión propia y la de los demás tiene el encanto de un mar picado. Es fascinante mirarlo desde la orilla, pero pocas veces reflexionamos en cuántos errores podemos cometer si estamos dentro, dominados por esa corriente apasionada.
Sí, he perdido el norte. Sí, he sido egoísta. Sí, me he creído dueña de la verdad, he confundido mis prioridades y he postergado lo importante. Pero entre el fútbol, la Navidad y los discursos electorales, quizás si observo más y contengo mis opiniones para cuando valga la pena, pueda volver a tomar las riendas de mi pasión.