Hablar sobre el poder femenino todavía es mal visto en nuestra sociedad. A las feministas nos confunden y comparan con extremistas sin razón, como si pelear por nuestros derechos y por la igualdad social, así como hablar a favor de las minorías, nos convirtiera en rebeldes, en outsiders. En pocas palabras, en ‘feminazis’.
Y no, no es así. Nuestro poder y nuestra valía no emanan de un puesto, de un cargo o del dinero. Es mucho más que eso. Es una forma de vida que está directamente relacionada con el empoderamiento. Con tener los ovarios para decir lo que se piensa sin importar que la mayoría se espante, con dar puntos de vista muchas veces “escandalosos” aunque la sociedad te señale. Es darte tu lugar en la colectividad aunque sea “socialmente mal visto”.
El poder femenino se viene –y con fuerza- porque cada vez somos más las que nos empoderamos y hablamos sin tapujos, sin sentir vergüenza. Sin importarnos el bendito “qué dirán”. No solo tiene que ver con aceptar y poner en práctica que las mujeres tenemos exactamente los mismos derechos que los hombres, también hay que visibilizarlo todos los días porque todavía queda mucho por hacer.
Sí, vivimos en sociedades machistas, y aceptarlo es el primer paso para empezar a transformarlo. En Ecuador la desigualdad salarial aún existe, todavía mueren cientos de mujeres al año por femicidio, miles de niñas continúan sin tener acceso a la educación… el poder judicial sigue teniendo un saldo pendiente con nosotras ya que aún cuesta muchísimo denunciar una violación y comprobar el abuso físico y psicológico, lo que hace que infinidad de mujeres mantengan el miedo de denunciar.
Somos una sociedad que todavía juzga cuando una mujer opina sobre el aborto, los movimientos GLBTI, política o religión. Que aún estereotipa a las mujeres cuando tienen un discurso claro, cuando no dan su brazo a torcer. Seamos objetivos y claros: si un hombre habla de política u opina sobre el aborto o la Iglesia se digiere mejor… ¿se han preguntado por qué? Cuando lo hacemos nosotras nos llaman amargadas, satánicas, asesinas, feminazis, enfermas, locas, putas entre tantos otros adjetivos.
A mí, sin embargo, no me molestan ni los adjetivos ni el que me señalen. No me interesa caerle bien a todo el mundo y no nací para que todos me quieran. Me basta con saber que alzo la voz para que los que aún no son escuchados tengan una oportunidad de ser tomados en cuenta… prefiero hablar de temas reales y crudos aunque incomode, porque callar me convierte en cómplice.
No me avergüenzan mis creencias, tampoco me arrepiento de mis errores. Soy una mujer que tiene una hija mujer que espero sea mil veces mejor que yo, pero sobre todo que también tenga una voz, una opinión, una línea, y que nada ni nadie pueda lograr torcerla. Que sea una mujer valiente y empoderada como su madre, y si eso me convierte en una “feminista loca”, como me dicen por allí, ¡pues lo soy y con mucho orgullo! Y espero que mi hija también lo sea.