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Mis orígenes no son un secreto para nadie. No escondo mi nacionalidad y me siento orgullosa de mis raíces; vivo feliz de ser chilena, peruana y sobre todo árabe. Sin embargo, no me considero de ningún lugar en especial porque siempre he amado profundamente cada rincón en el que he vivido.
Creo que quienes nacimos en Sudamérica somos afortunados, tenemos la sonrisa fácil y el ritmo en los pies. Creamos manjares afrodisíacos, extraemos lo mejor de esta tierra fértil, hablamos el mismo idioma y somos naturalmente cálidos.
Yo me considero doblemente afortunada porque además tengo ascendencia árabe y he crecido siendo testigo de las más bellas tradiciones. Vivimos en clan, peleamos por la gente que amamos y lo damos todo por nuestras familias. Respetamos la sabiduría de los abuelos, valoramos el apoyo de nuestros hermanos y nos preocupamos por transmitir la cultura que nos enorgullece a nuestros hijos.
Esas dos suertes se mezclan en la sangre que me corre por las venas y me hacen ser quien soy: una migrante.
Tenía 13 años cuando llegué a un país como extranjera, por primera vez. En Chile, mis amistades sabían que tenía familia peruana e intentaron hacerme sentir menos por eso. Eran tiempos en los que las clases de Historia reforzaban la división entre países por guerras que no vivimos.
Luego, en Perú, noté que había rechazo hacia los chilenos y no solo por la Guerra del Pacífico, sino por el fútbol… Es increíble cómo un deporte que une tan poderosamente, puede despertar los comentarios más racistas, sexistas, homofóbicos y xenófobos.
Muchos años después, con el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, las miradas de miedo y odio se concentraron en los árabes. La generalización nos ha llevado a repetir, en público o en privado, que todos los musulmanes son terroristas, los nuevos enemigos del mundo occidental –ya no eran los rusos los malos de todas las películas de acción sino los árabes-. ¡Cómo me dolió esa injusticia!
Finalmente me radiqué en Ecuador, aquí tuve a mis hijos, aquí pude trabajar en lo que me gusta. Y en el mundo de la televisión ecuatoriana, un presentador decidió inventar que yo lo despedí por discriminación… Me causa un poco de gracia recordar ese episodio, porque es una de las cosas más falsas que oí.
¿Quién decide el lugar en dónde naces? ¿Quién decide de qué tamaño es el espacio en el que puedes buscar, cada día, tu felicidad? ¿Qué pasa con esos migrantes que echaron raíces en Estados Unidos, pero no pueden entrar porque “pertenecen” a alguno de los siete países vetados por el nuevo presidente Trump?
Nacer en un lugar no te hace inferior o superior a nadie. Las generalizaciones siembran odio y cosechan división. Pero, más allá de eso, ¿qué ejemplo estamos dejando a nuestros hijos? Sé que existen iniciativas de rechazo a esta medida aberrante del nuevo gobierno de Estados Unidos. Sé que muchos hemos seguido atentos las marchas y hemos compartido en redes los afiches y discursos. Pero creo que nos falta mucha coherencia en lo local. Nos quejamos de que le cierren las fronteras a los migrantes pero cuando algún extranjero llega a nuestra oficina nos ponemos en guardia. Prejuzgamos y generalizamos a la mujer colombiana, al hombre argentino.
Los migrantes que tenemos la suerte de hacer lo que amamos en un país extraño no venimos a perjudicar a nadie, a robar trabajo ni a plantar ninguna bandera para “conquistar” ningún territorio. Queremos crecer y queremos hacerlo con la gente que vive aquí y que abre su mente a personas e ideas nuevas.
El mundo es redondo y posiblemente tus sueños te lleven a otro país, a otra provincia o a otra ciudad con nuevas costumbres y sabores. Mañana el migrante puedes ser tú.