Hagamos un ejercicio, los invito a que imaginen la siguiente historia:
Soy soltera y voy a salir a farrear con mis amigas. Hoy, además, me siento re linda y por eso me visto con lo que mejor me queda: tacones altos, pantalón ajustado, un body pegadito con un escote sexy, el pelo suelto, los ojos no muy maquillados, la boca roja…
Entro al bar. Estoy con mis cuatro amigas. Nos reímos, hablamos de hombres, del trabajo, de la vida. Nos tomamos dos tragos cada una… Avanzada la noche se acercan unos chicos, guapos, y mis amigas se van a bailar mientras yo me quedo en la mesa con uno de ellos. Lo veo lindo, lo admito. Charlamos, lo pasamos bien, “qué suerte que se fijó en mi, ojalá le guste y me pida el teléfono”, pienso. Él me invita un trago, dudo pero reflexiono que “estoy en una discoteca donde supuestamente solo va ‘gente bien’”, así que por qué no aceptarlo. Accedo. Él se me acerca, me coquetea. Me dejo coquetear. Besa juguetonamente mi mejilla y yo sonrío, me pregunta si me puede dar un beso y yo se lo permito. Me da un beso. Pero de repente comienzo a sentirme mal…
Él se ofrece a llevarme a casa y no sé qué hacer ni decir, pero accedo. Mis amigas ven que me voy con él pero creen que ‘todo va muy bien’. En el auto me siento muy mareada y sé que no es por los tres tragos, que es algo más. Le digo donde vivo pero me lleva a otro lugar y se convierte en otra persona. Necesito ayuda para caminar, siento mucho sueño. Entramos a una especie de cuarto y él comienza a sacarme la ropa, a tocarme y tomarme fotos, a grabarme con su teléfono. Intento resistirme, le pido que pare pero él solo se ríe. Me desnuda por completo y abusa de mí. Se agotan mis fuerzas y entonces comienza a violarme también. No sé dónde estoy y ya no puedo defenderme mientras él me toca, me viola, me insulta, me amenaza… Cuando termina de hacerlo me golpea la cara, vuelve a amenazarme y se va, dejándome allí tirada…
Increíblemente, siento alivio. “¡Qué afortunada he sido porque no me ha matado!”, pienso en una suerte de mecanismo de defensa, pero me dura poco. Necesito denunciarlo pero me siento perdida. Pido un taxi. Llego a casa y llamo a la Policía. Mientras tanto, él ha subido ya el video a las redes y me ha convertido en la nueva puta del ciberespacio. Recibo toda clase de insultos y calificativos. Me culpan de lo que sucedió “porque me fui con él”, “porque estaba muy provocativa”, “porque no debí aceptar el trago”, “porque no debí ser tan fácil”, “porque eso le pasa a las regaladas”… Estoy en boca de todo el mundo y, como si fuera poco, la justicia se demora años para dar una sentencia. Él, además, es un hijo de un ex policía, así que queda en libertad.
Ahora sí les pregunto: ¿Qué piensan? ¿Quién tiene la culpa?
Si de igualdad de género hablamos, los últimos días han sido para el olvido. Noticias, historias, sentencias y hashtags me han puesto los pelos de punta. No solo por el caso de #lamanada en España, basta con sacar algunos archivos aquí en Ecuador para comprobar que no estamos muy lejos de eso.
Solo me queda invitarlos a reflexionar en lo que escribí. Si después de lo que leyeron siguen pensando que las violaciones y los femicidios son cometidos solo por enfermos como hechos aislados y no producto de un sistema machista, lamento decirles que entonces son unos machistas más, que quede claro eso. Somos parte de una sociedad que justifica el abuso, donde un ex policía, un doctor, un cura, un ‘chico reality’, un famosillo, tiene más posibilidades de ser absuelto que una víctima de ser escuchada.
¿Cómo nos pueden pedir hablar, denunciar y confiar en la justicia? Como si fuese tan fácil. Como si los jueces fueran justos. Como si la justicia patriarcal no hubiera llevado a muchas a la muerte. Acá lo que debe cambiar es la sociedad, la forma de pensar, la manera de hablar. No vuelvan a preguntarme por qué soy feminista, si no lo fuera, si no luchara por la igualdad de derechos, sería una más del montón, una cómplice…
Ahora cuéntame, si te pasara a ti, ¿también te juzgarías?