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¡Mierda, ganó Trump! ¿No fue eso lo que pensamos mientras veíamos el desenlace de las elecciones en Estados Unidos?
Confieso que tenía la esperanza de que Hillary ganara. No porque me guste, no porque considere que era lo ideal para ese país ni porque crea que es la mujer más honesta del mundo. Esperaba que fuera ella porque me resulta difícil entender que un hombre con un discurso tan ofensivo, discriminatorio, machista y xenófobo gane las elecciones en un país que supuestamente es el más democrático, el más inclusivo, la tierra de las oportunidades.
Con los resultados, me queda claro que ni en Estados Unidos se cree en los políticos. Y, la verdad sea dicha, nadie cree en ellos. Cada vez creo menos en sus promesas, en sus discursos de “cumpliré y te ayudaré”. La mayoría tiene una agenda, busca un objetivo personal y muy pocas veces revisa el listado de promesas de campaña. Son burócratas que anhelan los privilegios que da el poder y, una vez que lo tienen, pierden el tiempo tomando decisiones y desarrollan un ego indomable. Poder y ego, mala combinación.
La desgastada imagen de los políticos del mundo fue el detonante para que Hillary Clinton perdiera. Ella representó, más allá de los escándalos de corrupción, más de lo mismo. Representaba una promesa en la que pocos quisieron creer, porque han resultado decepcionados. Ella era la candidata de las minorías, de lo liberal, del progresismo, de las fronteras abiertas.
Hillary no es querida, nunca lo fue. Estas eran las elecciones del menos malo, del menos nocivo… y la gente votó por la antipolítica.
El hombre que, refugiado en su fortuna, empezó diciendo que no necesitaba a nadie para financiarse, que no quería mas inmigrantes indocumentados, que iba a amurallar el país, que los mexicanos que llegaban a Estados Unidos eran ladrones y abusadores, que las oportunidades son para los americanos, rematando con la “amenaza” que representan los musulmanes para quienes han sido golpeados por el terrorismo. Esos son los votantes de Trump, los que creen que Estados Unidos era mejor hace cincuenta años, los que temen a los extranjeros, los ultraconservadores, los que piensan que las mujeres y homosexuales son ciudadanos de segunda, los que quieren un país más cerrado como garantía de seguridad. Los que no están de acuerdo con abrir el mercado a Cuba, los que no quieren mezquitas en las ciudades importantes.
Discursos que dividen, pero que representan el sentir de millones. Palabras que no salen de la boca de un político, sino de un empresario multimillonario que piensa lo mismo que sus votantes. Un antipolítico.
Trump estuvo vigente en los medios de comunicación desde que dijo que tenía aspiraciones presidenciales; lo que parecía una broma terminó siendo un dolor de cabeza. Para bien o para mal todos hablaban de él.
Era parodiado, le disparaban editoriales y los famosos se agrupaban en su contra: Obama y su esposa Michelle, senadores republicanos que no lo querían, todos con Hillary, ninguno con Trump. Todo pintaba en desventaja hasta en las encuestas. Su supuesta impopularidad favorecía a los pronósticos de que Clinton llegaría cómodamente a la Casa Blanca. Por eso hoy algunos hablan del “voto escondido”, y de otro error monumental de los sondeos, que no le atinaron al Brexit, al referéndum en Colombia, ni a esta contienda.
Lo preocupante desde este lado del planeta es que el descontento también alcanza a políticas internacionales. Resentimiento hacia el inmigrante, poca tolerancia, racismo. A pocas horas de conocerlo, el mundo no habla de otra cosa. Latinoamérica es presa de la incertidumbre, los mercados económicos reaccionan dramáticamente, Putin alista su estrategia y el Medio Oriente observa atónito el desarrollo de los sucesos.
Cuando Trump asuma el cargo sabremos si todos esos discursos fueron parte de una atrevida estrategia de marketing político, o si realmente el nuevo presidente de los Estados Unidos encarna las aspiraciones más honestas -aunque suene demoledor- del mundo en el que vivimos.