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Hace un año aproximadamente inicié una campaña en En Contacto, en la que las mujeres debían mirarse al espejo y decir en voz alta lo que veían. Al preguntarles qué las hacía felices, la mayoría de ellas lo relacionaban con una tercera persona…sus hijos, sus padres, sus novios o esposos. No lo notamos hasta que vimos ese patrón: si no estoy con él, me muero; si pierdo mi trabajo, me jodo.
No nos criaron para decir que somos felices así como nos vemos, sin nadie alrededor. Nuestra generación de treintañeras hace malabares con el matrimonio, la maternidad, el trabajo, los padres. Hoy confieso que ese segmento nació porque yo misma no pude mirarme al espejo durante mucho tiempo. Sentía que en mí había mil imperfecciones, me veía arrugada, desarreglada, gorda, vieja, triste. Aunque afuera me decían lo contrario yo tenía una imagen diferente de mí y por alguna razón era esa en la que más creía.
Enfrentarse al espejo puede ser duro cuando vives un caos emocional; ves lo que no quieres, una parte desconocida de ti que te asusta.
¿Han oído aquello de que para verse bien hay que sentirse bien? Es tan real como difícil de conseguir.
Para encontrar el equilibrio, tuve que observar a las personas que me rodeaban, ver actitudes, detalles y situaciones que me ayudaran a conocerme y a valorarme.
Me topé con mujeres que lloraban al mirarse al espejo, y comencé a mirarme por dentro y descubrir una mujer diferente.
En realidad no he terminado de reconocerme y creo que nunca lo haré. Pero algo que me ha ayudado es hacer lo que siento. Si quiero llorar, lloro. Si quiero gritar o reír, lo hago. Todo es válido excepto esconder lo que se siente. Estamos grandes para pedir permiso para ser nosotras mismas.
Pude ver entonces dos metas claras: proyectar mi bienestar para que mis hijos se contagien del mismo y tomar decisiones. Esas que una sabe que son las apropiadas pero que involucran un riesgo. Huimos de ellas por miedo, inseguridad o falta de determinación.
Yo sentí miedo. De estar sola en un país que no es el mío, de encontrar o no una pareja, de criar mal a mis hijos, de no tener el control.
Así estuve algunos meses hasta que encontré a un hombre maravilloso, que no fue precisamente mi pareja. Se llama Óscar Gómez, un coach que logró cambiar el modo en el que me veía a mí misma. Encontré las virtudes que tenía y me sentí más cómoda, sin depender de nadie, sin tener a un hombre al lado. Sin deberle nada a nadie, sola con mi vida, mis hijos y mi experiencia bajo el brazo.
Encontré el amor que buscaba, el más importante, el amor a mí misma. Es lo que me da esa seguridad que me han dicho que proyecto. No he perdido mi esencia ni mi pasión, pero el amor a mí misma me dio serenidad y fuerza.
No se ama lo que no se conoce, y ningún ejercicio es tan liberador como mirarse hacia dentro y decir en voz alta lo que ves, sin miedo a nada. Les aseguro que no es fácil, pero será la experiencia más sana de sus vidas.