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Antes de que siga leyendo, le advierto que no tengo ningún pleito personal con ningún candidato a la Asamblea.
Es cierto que esta masiva candidatura de “famosillos” puede deberse a que creemos cada vez menos en los políticos y las promesas que hacen. Hemos visto cómo grandes profesionales han mandado por la borda al país por décadas. Pero un presentador o concursante de reality que jamás se ha ensuciado los zapatos no es la solución.
Me molesta el poco respeto que todos (incluyendo los líderes de los partidos) parecen tenerle a la política nacional. La desesperación hace que cualquiera crea que pueda ser candidato.
Las leyes bajo las que todos nos regimos no son un juego y la Asamblea no es un circo. Y no lo digo por Tiko Tiko, porque casualmente él es uno de los famosos más calificados para el puesto. Al menos él tiene una trayectoria impecable, varios títulos profesionales y es tan coherente con lo que hace que después de varias décadas recién conocemos su rostro. Él se ha ganado esa oportunidad.
Por otro lado, hay quienes ven a la política como un logro más para alimentar su ego, o una oportunidad económica.
Los concursantes de realities y presentadores de televisión defienden su legítima aspiración política con frases tan básicas como “he trabajado toda mi vida”, “soy madre soltera”, “quiero luchar por la igualdad” “hay que cambiar las cosas”, “ahora quiero hacer algo por mi país” o “quiero defender el derecho de los pobres” cuando de la noche a la mañana -por una buena cantidad de dinero- cambiaron la filosofía de vida. Es como si quisieran hacernos creer que siempre tuvieron esa vocación, pero no engañan a nadie.
Muchos trabajamos casi diez horas al día y sacamos adelante a nuestros hijos, pero eso no nos convierte en personas calificadas para ejercer un cargo tan importante como el de asambleístas.
Trabajo en televisión y seguramente hay quienes guardan esa vena política, pero creo que es indigno e inmoral lanzarse a algo que impacta en las vidas de tantas personas sin estar plenamente consciente de ello. La política es una convicción y se debe trabajar por años en ella antes de aspirar a un cargo público. Se debe conocer la realidad, pero no la realidad individual o la que vemos en los medios…
En la práctica, para ser candidato la pregunta es cuántos seguidores tienes en redes sociales, cuántas veces fuiste portada o cuántos puntos de rating tuvo el programa en el que aparecías. Y aunque en lo formal tampoco haya demasiados requisitos para ser asambleísta, está en los talentos de televisión la responsabilidad de discernir si están listos, tengan la profesión que tengan, para cumplir su labor de fiscalizar y legislar.
Que van a la Asamblea para ganar experiencia. ¿Acaso ese es el lugar idóneo para ganar experiencia? ¿No debería haber un pasado activo político y social que al menos nos garantice que pondrán en práctica sus aspiraciones y proyectos?
Como jóvenes trabajadores, madres, amas de casa y profesionales debemos frenar esta falta de respeto. Si queremos un país de progreso hagamos que nuestros representantes sean el reflejo de ello. Merecemos que nos digan la verdad desde el inicio, que nos digan cómo harán que la nueva Asamblea sea diferente.
Y aunque no tengan las credenciales, desde el inicio nos muestran que no actuarán como ciudadanos independientes, puesto que sus candidaturas fueron decididas por otras mentes, con agendas propias, a las que seguro responderán estos «famosillos» si logran llegar a una curul. Ojalá me equivoque.