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Si la primera etapa del Blog de Catrina sirvió de algo, sin duda fue para gritarle al mundo lo orgullosa que estoy de tener sangre árabe, lo feliz que soy cuando en mi casa se come comida árabe o cuando escucho a mis hijos pedir “shishbarak” (sopa de yogurt) con tanta emoción.
Reconozco que se me eriza la piel cuando Ellie me pide que le enseñe a bailar árabe, pero también hay una parte de mí que se siente en deuda. Siento que ese orgullo por mis raíces que no me cabe en el pecho a veces tiene una sombra…
No sé si es impotencia, rabia, tristeza o desesperación cuando leo, escucho y observo lo que sucede en el medio Oriente. Historias escalofriantes de refugiados y actos de horror que no tienen justificación alguna. Me cuestiono cómo le puedo contar a mis hijos que la cultura árabe es hermosa, que toda nuestra familia viene de allá, cómo hago para transformar la realidad en historias de amor.
Quiero hacer de ellos niños sensibles, solidarios, seres humanos que construyan sus propias opiniones y no se dejen llevar por estereotipos.
Pero también deben saber lo que sucede bajo la superficie. No solo el estigma de los ataques terroristas sino el hambre, la soledad y el olvido que viven millones de seres humanos, de niños como ellos, de madres como yo.
Vemos documentales y les explico cómo esas personas huyen de la guerra, de la violencia y me preguntan qué es una guerra, y si alguna vez nosotros tendremos que irnos como ellos. Yo solo les digo, ojalá que no…
Aunque pudiera parecer extremo creo que en el mundo en el que vivimos ya se ha hecho costumbre escuchar noticias de masacres, de actos terroristas, homofobia, xenofobia y demás. Nuestra obligación como padres es mostrarle a nuestros hijos la realidad, pero no solo la violenta sino también la que conmueve, la que tolera, la que nos hace mejores seres humanos, la realidad de lo que viven millones de seres humanos en el mundo.
Es mi manera de enseñarles a valorar lo que tienen, a apreciar lo intangible, la paz, la libertad, la seguridad. Que sepan que son afortunados, que tienen lo que otros anhelan.
Desde mi refugio, Ecuador, trato de terminar con esa indiferencia que mata. El silencio con el que se asume cada naufragio de migrantes, que lo apuestan todo en la lucha por la vida.
A mí no me da el cuero para ser indiferente. Desde aquí, desde mi trinchera, no hablaré de Dios, ni tomaré su nombre como tantos otros lo hacen. Creo en las acciones, y cuando ponga mi corazón en cada letra, cuando haga de mis hijos seres humanos con valores universales, para quienes cada muerte cuente, mi orgullo será total.