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Si les pregunto sobre la televisión basura, ¿a qué género se lo adjudicarían? ¿Quiénes son los responsables de la llamada televisión basura? ¿Qué hace que un programa sea catalogado así? ¿Quién tiene la autoridad de darle esa categoría?
Siempre he dicho que es más fácil destruir que aportar en cualquier esfera, destruir sin intentar ni siquiera conocer lo que hay detrás y qué tan activos somos en la realidad que criticamos. En la era de las redes sociales un estallido de ira, un comentario negativo, una expresión desafortunada son ‘virales’ en toda la extensión de esa palabra. Son contagiosos y tóxicos.
Esta no es una defensa a ningún programa de televisión en especial. Admito que hay excesos, pero quiero darles luces sobre lo que sucede en un medio en el que he trabajado la mitad de mi vida. Que nadie se engañe: la televisión es un negocio que debe ajustarse a las demandas del público para sobrevivir. Sin engañar al televidente y respetando la ley, que debe ser coherente y objetiva.
Antes de ser asociado con Twitter, el término tendencia era un concepto relativo a la ropa, la película, el libro que la gente prefiere: la moda dictada por las audiencias. Por unas audiencias libres para elegir, en la intimidad de su hogar.
Esos concursos de talento, realities, paneles de farándula y comedias que a usted le irritan, son tendencias exitosas en otros países como Chile, Argentina y Perú. Las versiones que de ellos se hacen en Ecuador dependen de un presupuesto y, en gran medida, de los directivos de cada canal. Para algunos la estética es muy importante y para otros no tanto. Para muchos, el rating es todo y para otros, como yo, no es lo primordial. Pero no podemos olvidar que cada empresa basa su producto y sus prácticas en los valores de sus dueños. Nosotros, que somos empleados y aceptamos con madurez trabajar para ellos, debemos caminar dentro de las líneas trazadas.
Pero nos enfrentamos a una realidad: el ataque constante a las personas que aparecen en los programas más exitosos. Comentarios xenófobos, machistas, discriminatorios por raza y género llueven en las redes sociales. ¿A quién le importa que alguien se case y se divorcie en pocos meses? ¿Por qué hacen este tipo de programas?, se preguntan. Y yo respondo: a usted y por la mayoría. Usted los ve. A usted le gustan y usted comenta para mal o para bien el programa y lo que se diga sobre él. Otros programas de gran calidad luchan por mantenerse al aire porque usted no los ve, o no le gustan a la mayoría. Nadie los auspicia y no hay cómo costearlos.
Y ya se lo que dirá. “Entonces si la gente quiere basura… ¿se le da basura?”. No. Soy la primera en rebelarme contra ello. Creo que el decir “si funciona, no lo cambies” es el camino más seguro a la mediocridad, creo que hay que atreverse a cambiar; pero la televisión es un negocio. Tan negocio como la empresa en la que usted trabaja, la panadería de la esquina de su casa, el taller mecánico al cual lleva su auto o la ferretería del barrio. La televisión subsiste gracias a usted.
Es oportuno preguntarse si el apelativo de telebasura solo es para la producción nacional. ¿O usted, que tiene televisión por cable, critica también American Idol, The Bachelor, America’s Next Top Model y parecidos? Porque todos son libreteados y superficiales.
¿Cómo plantear un cambio entonces? Si me preguntan a mí, el cambio debe venir de quienes critican estas producciones. Freud los llamaba “almas bellas”, al describir cómo uno de sus sujetos de estudio de la histeria proyectaba sus problemas como si fueran la responsabilidad de otro. Siempre olvidamos qué tanto hacemos a puerta cerrada para potenciar estos gustos populares.
Llamamos telebasura a los realities, las comedias y programas de farándula, pero juzgamos a los talentos de estos programas con igual ligereza. Sepan que quienes trabajamos en un medio de comunicación no llegamos a nuestro trabajo con la consigna de hacer un programa basura. Los actores graban 40 escenas al día, más de 10 horas seguidas. Los guionistas y directores se preocupan por la calidad y trabajan con ganas, sabiendo que siempre se puede mejorar. Estoy en un canal que con poco dinero hace una serie diaria que obtiene buenos resultados, que puede gustarle a algunos y desagradar a otros, pero es sana, entretiene y definitivamente no tiene como finalidad educar, ni informar.
Por eso, a los jóvenes que me leen y que estudian para ser comunicadores, les recuerdo que cuando se gradúen es probable que quieran entrar a uno de los canales de televisión que critican. Uno de los personajes que detestan podría ser su compañero o quizás su jefe. Aplaudo sus ganas de cambiar el mundo –yo las conservo y tengo 35-, pero tengan mucho cuidado de sacrificar libertades.
Claro que se puede cambiar, pero el cambio parte de nosotros. Cambiemos la forma displicente y ofensiva que empleamos para referirnos a lo que nos desagrada. Omitimos nuestra responsabilidad en la realidad que nos rodea y lanzamos insultos a cientos de personas que hacen un trabajo legal y que, sobre cualquier profesión, son seres humanos. Si como sociedad nos mirásemos al espejo ¿qué veríamos?