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Si para empezar bien el nuevo año hay que echar fuera lo malo, es urgente desterrar la doble moral que tenemos en este país, especialmente cuando se trata de violencia de género.
Las fiestas de diciembre no me hicieron olvidar cómo nos escandalizamos cuando oímos que secuestran, violan, golpean a niñas, adolescentes y mujeres en todo el mundo. Nos unimos a las tendencias mundiales en las redes, apoyamos –aunque sea simbólicamente- a las marchas, caminatas o plantones en contra de los programas de farándula y los realities…
¿Por qué no actuamos con la misma indignación cuando el castigo por golpear a una mujer es de 700 dólares y 18 días de prisión? ¿Es que estamos satisfechos con unas tardías disculpas públicas y con trabajos comunitarios? ¿Qué garantías tengo de que mi hija estará segura en un país que trata así a las víctimas de abuso?
Estas son las reglas de la sociedad que les dejaremos a nuestros niños y niñas. Sin juezas que tomen la rienda de su trabajo, sin mujeres que protesten desde su campo día a día, que luchen por sus derechos. Sin hombres que condenen cada pequeña y gran demostración de desigualdad y de injusticia.
La violencia de género, que es un problema de todos, se alimenta con estas sentencias absurdas. El agresor ha dicho que apelará este “regalito de Navidad” de la jueza y posiblemente vuelva a su trabajo después de sus vacaciones. No puedo evitar preguntarme qué habría pasado si el golpeador fuese un tipo cualquiera.
¿Necesitamos ser famosas para que se oiga nuestra voz o estar bien relacionadas para mover a la justicia? ¿Necesitamos poner a prueba nuestro poder, como mal decía una exjueza? No lo creo. Quiero pensar que no es así. Quiero creer que la justicia nada tiene que ver con tintes políticos, que es independiente, que cada individuo se hace responsable de sus actos y que a la hora del veredicto todos serán juzgados por igual. Quiero convencerme que vivimos en una total democracia donde nadie se beneficia por su ideología o militancia.
Estamos en plena campaña política, un tiempo en el que todos prometen justicia y cambios. Un tiempo para creer con más fuerza, pero también para exigir, no solo a quienes llegan, sino a los que ahora tienen la justicia en sus manos, las mismas con las que acarician a sus madres, hijas, esposas y hermanas. Basta de solapar la violencia.
Es cierto que hay que escoger las batallas. También es cierto que hay que ser menos impulsiva y más prudente y estratégica para llegar lejos. Pero hoy me niego a olvidarme de mis principios, me niego a ser incoherente y decido abordar un tema que, por varios motivos, es un tanto arriesgado… ¡Cómo podría callar un abuso y caer en el mismo error de los que tienen miedo de ser golpeados o censurados!
La indiferencia colectiva, como en el caso de Siria, puede ocultar miles y millones de muertes. No decir nada “porque no me pasa a mí” o “porque es un problema de pareja” es otra manera de ser cómplice de violencia, torturas y muertes, como la que ocurrió un día como hoy, hace dos años, con la cantante Sharon. Que no nos conmueva solo cuando ya es demasiado tarde.