[est_time] de lectura
Ellie quiere empezar el curso de catequesis. Así, sin previo aviso, me cayó este balde de agua fría, mientras al otro lado del teléfono mi ex-esposo argumentaba por qué él estaba de acuerdo con que nuestra hija empezara a prepararse para su primera comunión.
Dudé, pero el amor me hizo entender que esta decisión ya no es mía. La realidad es que estoy viviendo una etapa en la que mi hija empieza a elegir y no puedo evitarlo. Está creciendo rápido y debo darle espacio para que descubra, para que cuestione, para que saque sus conclusiones.
Respeto las creencias religiosas de su papá; de hecho yo misma fui criada bajo la religión católica. Me bautizaron, hice la primera comunión, recibí la confirmación y me casé. Esa misma iglesia que me dio los sacramentos me dice que ahora vivo en pecado porque me divorcié. Y no es por esa razón, sino por tantos otros dogmas que no comulgo con esta ni otras religiones. Me rebelo contra esa burocracia de la fe que comercializa y manipula con su poder sobre algo tan íntimo como el alma de las personas. Me aferro a los hechos y no a las palabras, no creo en la superioridad de otro humano para salvar o juzgar a los demás.
He sido testigo de cómo las religiones, cualquiera de ellas, no aman a todos por igual, sino a unos más que a otros. No abren sus puertas a todos, solo a algunos. Es amor con condiciones. Es discriminación. Si eres divorciado, si convives con alguien, si amas a alguien que no sigue los principios de Dios y obviamente si eres homosexual, no entras en el reino de los cielos. Y aunque admito que hay avances, como las declaraciones del Papa Francisco sobre los divorciados, las madres solteras y los gays, no puedo evitar preguntarme por qué esto no sucedió antes.
Cuánta gente ha tenido que sufrir el infierno en la tierra porque los humanos nos hemos tardado milenios en descubrir el valor del diálogo, de los acuerdos, del punto medio.
No creo en las religiones, y tampoco creo en los extremos, porque pienso que los extremistas están condenados al fracaso. Esos del Estado Islámico interpretan el Corán como la patente para decidir quién debe vivir y quién debe morir según su Dios, que a la larga es el mismo de los cristianos, pero con un mensaje de terror. Esto no quiere decir que todos los musulmanes que creen que Mahoma fue el último mensajero de Alá son terroristas, ni que todos los católicos apoyan la pedofilia de los sacerdotes, ni que todos los evangélicos son ladrones, ni que todos los judíos son asesinos. Frente a la división que han sembrado las religiones, el peor escudo es la generalización.
Porque lo malo está mal en Ecuador, en Siria o en Nueva York. Los asesinos no tienen raza, religión o país definido. Los terroristas no tienen una camiseta con un color distintivo y la maldad puede estar a miles de kilómetros como en la casa de al lado.
¿Cómo puedo proteger a mi hija del fanatismo, de la intolerancia de una religión que en muchos casos suele imponer el control y el miedo? ¿Está preparada una niña de 7 años para discernir entre el control y el miedo? ¿Quién soy yo para vetar una religión para mi hija, para prohibirle que vaya a la catequesis si para ella, a sus 7 años, la relación con Dios es una bella ilusión?
No voy a ir en contra de sus deseos ni me voy a quedar en un extremo de cinismo e indignación. Confío en que Ellie es una niña independiente, que no se quedará callada… cuestionará y refutará cualquier cosa que no le parezca, así como aceptará las cosas que alimenten su corazón. Confío y me dejaré contagiar un poco de esa inocencia, pero estaré vigilante de esas “verdades” únicas que a veces las religiones imponen.
Solo espero que no encuentre en el camino a individuos que se aprovechen de su posición para embaucarla, que la manipulen a través de su fe, que la utilicen para lograr beneficios propios, como los que me topé hace apenas un año. Pero esa es otra historia.