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Tuve una semana de esas para el olvido. Cada mañana, antes de lavarme los dientes y cambiarme de ropa, el espejo me enfrenta a una mujer a la que solo yo puedo ver. Una mujer con ojeras, granos, arrugas, manchas en la piel y algunas canas. Una mujer que carga una mochila tan pesada sobre la espalda, que a veces me provoca llorar y gritar.
Pero miro el reloj y se hace tarde para llevar a los niños al colegio y no, no puedo mostrarles esta mujer. No quiero que me vean llorar, porque sufren, y además ¿quién se levanta triste? Siempre les digo que sonrían al levantarse, que piensen que el día que comienza será el mejor día… Así que aunque me siento mal estoy ahí, obligada a mostrar una sonrisa, cambiarme de ropa y salir a abrazarlos, dejarlos en el colegio, volver a arreglarme, ponerme el disfraz ejecutivo, subirme en los tacones y seguir adelante.
Una amiga me dijo hace unos días: “las mujeres tenemos el deber de estar bien. Si no, somos problemáticas o, peor aún, estamos ‘en nuestros días’”. Esos comentarios sexistas nos confinan al aislamiento hasta que volvamos a la normalidad. Pero no. No estoy “en mis días”. Solo estoy cansada y quiero dejar que el tiempo pase mientras yo no hago nada más que dormir. No tengo ganas de poner mi mejor cara mientras dirijo una reunión, no quiero dar ideas; no quiero sonreírle a nadie por delicadeza, ni pretender que todo está bien cuando yo siento que no lo está.
La otra Catrina, la que está esperándome del otro lado del espejo cada mañana, necesita salir. ¿Por qué no me doy esa oportunidad? ¿Por qué no me doy mi espacio para sentirme como me siento? Al menos escribo, y esa es mi terapia.
La única verdad es que ser supermujer es agotador e inútil. Detesto ser una supermujer y pagar cuentas, ir a trabajar, correr para alcanzar a recoger a los niños a tiempo, ir a la peluquería, al supermercado, administrar la casa, pagar sueldos, reunirme con gente, analizar proyectos, sacar cita para el dentista, ir al pediatra, enfermarme y ponerme dos inyecciones, seguir. Siempre seguir.
Encierro a la otra Catrina hasta cuando estoy con mi pareja. Si la dejo salir exagero, estoy mal, me tomo todo personal y esas palabras que surgen cuando una mujer sucumbe a sus emociones. Opté por llorar a solas, para no molestar a nadie, pero nunca me alcanza el tiempo para eso. Mis días acaban a las 2 de la mañana, con la rabia de saber que me faltan minutos para mí misma, otra vez.
-Tú eres una persona acá y otra en la casa.
Una compañera de trabajo muy perceptiva me lo dice luego de una reunión. Descubierta y sorprendida (porque estaba disfrazada del “todo lo tengo bajo control”), le pregunto por qué piensa eso.
-Es que no te imagino siendo así todo el día.
Le respondo que he tenido unos días terribles, y que seguramente ella ha sentido alguna vez lo mismo. “Sí, así somos las mujeres. No podemos sucumbir. Pero te he visto guapa, efectiva y ocupada”, insiste. Así es, pero eso no quiere decir nada. Esa es la Catrina que he construido para el trabajo.
En pocos días cumpliré 35 años y no quiero que pase más tiempo sin un baño de sinceridad. No puedo decir que algo es bueno sin haberlo intentado antes y estoy intentando ser yo misma a plenitud. Ser yo misma donde esté y con quien esté; llorando, sonriendo, gritando o cantando. Expandiendo las fronteras del alma, enfrentándome a lo que más miedo me da: ser vulnerable.
¿Y ustedes qué ven en ese íntimo momento frente al espejo? ¿Quién es la que sale a enfrentar en mundo?