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Seguramente este escrito no será compartido. Tal vez no llegue a todos porque no habla de amor y mucho menos de farándula. Estoy segura de que no conseguirá muchos likes porque trata algo que está pasando en el Medio Oriente, porque “está muy lejos”, porque no conocemos dónde está o porque no nos importa.
Para otros, Siria, Irak, Afganistán y Palestina son países violentos, así como ser musulmán es sinónimo de terrorista. Los más indiferentes, cada vez que escuchan de un atentado en esos países ni se sorprenden, porque es solo “uno más”. No tengo dudas de que usted jamás ha puesto en su foto de perfil la bandera de Siria, Irak o Palestina, y es muy probable que nunca haya hecho un comentario en Twitter o haya colgado una foto en Facebook o Instagram llamando a la paz. Quizás está preguntándose quién soy yo para cuestionar, pero no cuestiono… hablo de la realidad.
Y tuve que pensar cómo podía llamar su atención para hablar de este tema. Cómo hacer para que lean este post más allá de la primera línea, sin pensar “qué aburrido”. Cuando hablé sobre esto con mis conocidos y amigos me dijeron en mi cara: «la verdad es que la violencia en Siria o lo que sufren los niños del Medio Oriente me da pena, pero nada más”, «sé del tema solo porque soy tu amigo”, «está muy lejos y hay gente que está más cerca que se muere de hambre» o simplemente «no me llama la atención”.
Y tengo que decir que falta publicidad. Así de duro como suena. ¿Por qué sabemos que millones de judíos fueron asesinados, humillados, perseguidos? Lo sabemos porque mucha gente habló de ello, porque se escribieron libros, se rodaron películas y los hijos de mis hijos estudiarán el Holocausto en el colegio como lo estudiamos usted y yo.
Bolívar, Stalin, Lenin, Mao, Luther King, las crueles historias del apartheid… aunque tuvieron menos publicidad que la que consiguieron los judíos, tienen su espacio entre los héroes y los mártires de la historia de la humanidad.
¿Y cuál es el lugar que tienen los niños de Siria? Ni siquiera han merecido el mismo tratamiento que los terroristas que los atacan. Destruyen hogares, escuelas, hospitales y los diarios les registran cada bombazo, cada asesinato. Sabemos más de los terroristas que de las víctimas. Han hecho que pensemos que esos niños están destinados a ser violentos, a vivir en guerra. Ese es el poder de la comunicación, un solo mensaje que trasciende fronteras, idiomas, generaciones. Que puede volver a alguien invisible.
Escribir de manera tan lírica podría resultar hasta ridículo pero el viernes pasado mi alma lloró, mi fibra materna se hizo trizas… Las caras de mis hijos no salían de mi mente cuando vi las fotos de niños sirios mostrando unas pancartas de la última aplicación desarrollada para celulares, Pokémon Go. Este nuevo fenómeno llama a los usuarios a encontrar animales virtuales en cualquier lugar del mundo. Para jugarlo debes moverte y vas ganando puntos. Mientras más pokémones encuentres, más puntos ganas. Es una locura mundial porque lo puedes jugar alrededor del planeta, aunque Siria parece borrada de tal planeta por la mano criminal de la indiferencia. Por eso los niños sirios pensaron en dibujar pokémones en carteles para que los busquen, los encuentren y los salven.
¿Cómo podemos viralizar un juego y no la ayuda a esos niños? En eso nos hemos convertido, en seres insensibles, inhumanos.
Abogamos por la paz cuando ocurren atentados en Europa o Estados Unidos, a donde aspiramos ir, porque son lugares “de moda”. Cuando allí sucede algo, el mundo se une en contra del horror y precisamente entonces es cuando pienso que sí se puede terminar con el terrorismo. El problema es que la empatía nos dura lo que dura una tendencia en Twitter.
¿Vale más una vida de Europa o América que una de Siria? No creo. París no está a la vuelta de la esquina, así que no es por la distancia física. Algo aleja nuestro corazón de esta masacre. ¿Cómo podemos considerar rutinario que un niño, uno solo, muera intentando que alguien sepa que existe? ¿Cómo podemos pretender que esos niños víctimas de la guerra se conviertan en hombres de paz si les damos la espalda? Para ellos este es un mundo indiferente, silente. La violencia empieza con la indiferencia. La violencia empieza en el olvido.
No tengo el poder para difundir a gran escala lo que sucede en el Medio Oriente, pero créanme que he pasado muchos días pensando en cómo lograr dar un paso más. Cómo impactar a mi gente en Ecuador con algo que sucede a miles de kilómetros. Cómo pedir paz en un mundo en el que todas las semanas hay atentados.
Si llegó hasta aquí, se lo agradezco pero también le pido algo más que un “qué pena” o una oración. Transmita esta información. A sus hijos, a sus colegas. Sensibilice al que tenga cerca, infórmese, busque cómo ayudar, intente sentir y -por qué no- llorar. El mundo y las redes sociales están llenos de gente esperando que otros actúen. Es mejor ser parte de esa acción. Movámonos, caminemos, busquemos apasionadamente la forma de alzar la voz con la misma intensidad que le ponemos a un videojuego cuando nos cautiva. Encontremos un Pokémon en Siria, salvemos a un niño, pero esta vez que no sea de manera virtual. Vamos un poco más allá. Que nuestra voz sea escuchada.
Si terminó de leer el texto, compártalo. Tal vez esté escribiendo una historia diferente para los hijos de sus hijos.
Imágenes cortesía de Saif Aldeen Tahhan