[est_time] de lectura
El desafío extremo comenzó un domingo, en una conversación con Ellie, que miraba atónita -al igual que yo- las noticias sobre la masacre de Orlando. Su ráfaga de preguntas me dejó muda algunos segundos.
-Mamá, ¿por qué ese chico entró a matar a tanta gente?
-¿Los que estaban en la discoteca eran los malos?
-¿Las discotecas son lugares malos?
Y frente a su carita ansiosa, yo que rara vez me callo solo podía balbucear, mientras pensaba cómo explicarle a mi hija que 49 personas que fueron a divertirse terminaron muertas. Me dije por un instante que debía dejar de ver noticias con ella y empezar a ver historias de princesas en apuros en mundos rosados. Pero no. Eso iría en contra de lo que soy y de lo que escribo.
Le solté una respuesta genérica: que hay gente mala en el mundo, de la que hay que cuidarse. Pero que ninguno de los que fueron a esa discoteca, que no es ningún lugar malo, merecía morir.
No fue suficiente para su curiosidad natural, y empezó a preguntarme por los niños y sus mamás que se suben a los botes sabiendo que el mar es peligroso, al ver la siguiente noticia, la de los refugiados sirios que huyen de la guerra.
Es muy difícil explicarle el concepto de la guerra y la muerte a un niño. Aún más difícil es desenredar las causas de la injusticia y la indiferencia. Es verdad que da miedo el mundo en el que viven nuestros hijos. Un mundo en el que se percibe más odio que amor, y en el que el silencio no es una opción.
Al menos trato a diario de mostrarles el mundo a través de varias formas, porque viajar no es la única opción. Un libro, internet, las noticias. Les repito que la raza, el estrato social, y la opción de a quién amamos no nos hace diferentes. Les he enseñado a no juzgar ni calificar a las personas, porque no tenemos ese derecho.
Mis hijos son libres para sacar sus propias conclusiones, para que no se aferren a las teorías sobre la vida de nada ni de nadie. En mi casa ninguna religión es incuestionable, y siempre buscamos la opción más sensible, más noble y más solidaria. Ellie y Nabil saben que es mejor hacer que hablar, y tengo la esperanza de que conozcan al Dios que yo conozco: el que ama y no juzga.
Aunque sus padres estén divorciados, viven rodeados del amor de ambos. Cuando se trata de ellos, pueden contar con que estaremos juntos. Que su familia está por todo el mundo y que va más allá de un lazo de sangre. Que atesoren recuerdos, que reciban tanto cariño que queden empachados y den el doble a quienes los rodean.
Por eso me frustro cuando están expuestos al odio. A gente que puede llamar inmoral a otro solo por su opción sexual, cuando más inmoral es sentirse con el derecho de hacerlo. Quiero sembrar un poco más de conciencia social, pero no la que divide (¿no creen que ya hay mucha gente que lleva al extremo su activismo?), sino la que construye.
Mi responsabilidad es formar mejores seres humanos. Independientes, reales, conscientes. Es hora de que miremos más hacia adentro y menos hacia los costados.
Al fin le respondí algo decente a Ellie:
-Ellos no tienen otra forma de escapar de las bombas que en esos botes. Se tienen que arriesgar para poder estar juntos y en un lugar seguro.
Ella se quedó en silencio unos segundos. Se levantó de mi cama y creo que fue a su cuarto. Cuando regresó, tenía tres juguetes suyos en las manos. “Estos son juguetes que me encantan, pero los voy a guardar para esos niños, ojalá se los podamos enviar mami”.
Fue un momento fugaz, pero llenó mi alma de alegría. Mi hija está creciendo con los pies en la tierra, y con el corazón cálido. No hay algo más verdadero que esto: lo que creemos y lo que sentimos vive más allá de nosotros, en esa tierra fértil que son nuestros hijos. Esta es mi siembra.