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Estamos completamente divididos, partidos por la mitad… y la división en un equipo, sin importar quién sea el líder, puede llevarlo al fracaso. Que si estás con el uno eres bueno, que si estás con el otro eres malo. Si pides calma y unión eres ambiguo y tibio. Nada de lo que pueda decir en este momento me salvará de una crítica.
¿Quién tiene el poder de decidir qué está bien o qué está mal? ¿Quién cree tener la capacidad de calificar alguna posición o ideal político como bueno o malo? Nadie. En una democracia verdadera tenemos libertad para elegir sin avergonzarnos y la responsabilidad de no juzgar ni señalar al que no opina como nosotros.
Me han dicho de todo porque escribí hace algunas semanas un texto sobre las libertades, resaltando la falsa solidaridad que se vuelve en odio cuando no hay respeto por la opinión del otro. Gobiernista fue el adjetivo más amable que usaron -¡qué ironía!-, aunque me puse la soga al cuello con una publicación en la que defendí la labor periodística de Tania Tinoco, algo que volvería a hacer miles de veces, las que sean necesarias.
La verdad es que yo actúo como considero acorde a mis principios y lo hago sin ofender a nadie.
El domingo se definió el futuro del país en una de las elecciones más complicadas que he vivido, al menos en Ecuador. Y estemos de acuerdo o no con los resultados, es innegable que estamos ante un escenario con miles de posibilidades. Una chance de hacerlo diferente.
Todos debemos aprender de los errores del pasado y creo que el más difícil de enmendar será el de este sentimiento de que es más lo que nos separa que lo que nos une.
¿Cómo podemos navegar si no estamos remando para el mismo lado? Un país dividido no llega a nada, un país en constante pelea se derrumba solo, un país sin propósitos claros se pierde.
Es momento de que haya un verdadero diálogo, y que sea transversal. Podrá sonar muy lírico pero es real: llevamos meses quedándonos en nuestra esquina y no buscamos comunicarnos en un siglo en el que, paradójicamente, hay más facilidades para estar conectados.
Yo, al igual que la mayoría de ustedes, quiero que mis hijos crezcan en un país de oportunidades. Pero esas oportunidades no llegarán si me estaciono en el miedo. Tengo, por ellos, que avanzar junto al que piensa distinto, remar hacia una misma dirección.
Esta semana me encontró trabajando en un proyecto, como a muchos de quienes me leen. Tenemos que seguir adelante. Veamos esta parte de la historia como un nuevo comienzo para todos… quizás nos sirva para replantearnos posturas personales, para meterle más energía y jamás olvidar que nuestro destino depende solamente de nosotros mismos, pero estamos en el mismo barco.