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¿Cómo no conmoverse ante las imágenes que llegan de Siria? ¿Cómo dormir tranquilo y, sobre todo, cómo ayudar?
En Ecuador se me ha hecho muy complicado hacer algo, con tan poca información real para ponerme en acción. En Perú el panorama es casi igual, pero después de mi última visita a mi familia y amigos, vuelvo con una noticia alentadora en medio de la masacre que vive uno de los países más bellos del Medio Oriente.
Un descendiente de los Mohanna, mi apellido materno, ha llamado a Perú para buscar ayuda. Llamó a unos familiares que viven a cinco horas de Lima. Cuando se contactaron con ellos la solicitud era solo una: ayúdennos a salir de Siria. Después, que venga lo que venga…
Mi tía Rita no dudó en decir sí y, mientras le contaba a mi tío Neme en la sala de su casa lo que estaba pasando, él no pudo evitar llorar. Son tres personas: Michael, su madre Daad y su novia. Todos huyen de Latakia –un puerto de Siria- porque lo han perdido todo… Sabemos que tenían una buena posición económica, pero todas las fábricas textiles que tenían en Alepo han sido destruidas. Todas.
El primo hermano de mi tío Neme está viviendo una tragedia y lo único que desea mi familia es que lleguen para abrirles sus brazos, su corazón y su casa… “acá lo que les daremos desmesuradamente es amor”, me dijo. Los tres refugiados dejan toda su historia, toda su vida y a muchos otros parientes en un país sobre el que nadie puede predecir nada.
La indignación de mi tía puede ser la que sienten varias personas. Pero detrás de sus lágrimas que me apretaban el corazón, había valor para actuar. "No veo la hora de sacarlos de ese infierno, gracias a Dios tu abuela Catrina no vive, porque ella no hubiera resistido ver lo que está pasando ", me decía, y volvía a indignarse:
" ¿qué hace la ONU? Todos a merced de Estados Unidos, todos… ¡Qué han hecho con la juventud y los niños de Siria! ¡La cultura de ese país milenario perseguida y marcada!”
Sacarlos de Siria no ha sido sencillo. Papeleos interminables, invitaciones para que les otorguen visa de turistas porque traerlos como refugiados es aún más difícil. No hay vuelos comerciales en Siria y los aeropuertos están inhabilitados. Tampoco embajada, sino un cónsul honorario en Líbano. Mis tíos tuvieron que tocar las puertas en la diplomacia de Egipto y esperar… a que suene el teléfono para que les digan cuándo iniciarán la travesía. No podrán cruzar ni por Francia ni por Estados Unidos, posiblemente lo harán por España u Holanda. Qué ironía… los países “buenos”, los que quieren “salvar a los niños”, tienen sus fronteras cerradas para quienes sueñan con escapar.
Mi tía se mueve más rápido y con más empeño que cualquier embajador. Tiene listo el menú del almuerzo familiar, está ilusionada con darles la bienvenida en el club árabe, está empeñada en hacerlos sentir como en casa. Quizás no pueda aliviar el dolor de sus almas pero dejará todo su corazón en hacerlos sonreír.
Si todos pudiésemos pasar de la indignación a la acción marcaríamos una diferencia en la ciudad, en el país, en el mundo. Mientras yo busco seguir su ejemplo, solo diré gracias tía Rita… Gracias por enseñarnos que no importa dónde, cómo o cuándo, siempre se puede hacer algo real para ayudar a otro ser humano.