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El matrimonio de mi hermana ha sido un viaje de emociones que comenzó hace más de un año, cuando la foto del anillo de compromiso llegó al chat de la familia. Aunque vivimos lejos geográficamente, mis hermanos y yo estamos unidos porque los recuerdos agridulces, los viajes, las crisis, las alegrías, las enfermedades y la distancia han hecho que valoremos la importancia de tenernos. Somos tres que sentimos como uno y sin embargo respetamos nuestros espacios. Roxana y su desprendimiento, Raúl y su ternura, yo y mi perseverancia…
Por eso sabíamos que esta boda sería algo más que una fiesta para dos. Hace meses, todas las primas incluyendo a Ellie –mi hija de 7 años- empezamos a ensayar el baile árabe que la novia quería hacerle a su esposo. Meses de ensayo simultáneo, a kilómetros de distancia gracias a la tecnología, con todo y las pequeñas frustraciones, hicieron de ese un momento inolvidable. Mi bailarina, que memorizó los pasos como si se tratase de un examen de matemáticas, estaba emocionada porque diseñó un método para acordarse del primer salto: “Mamá, ya sé que es cuando el cantante dice akele hum”. Lo que para un actor teatral puede ser llegar a Broadway, fue para ella ese momento del baile. Al final, su “mamá, no me equivoqué ninguna vez”, hizo que la fiesta en mi alma fuera completa.
Dicen que la felicidad no es un estado continuo, sino una colección de momentos. El sábado también recordé muchísimos momentos felices de mi infancia. Por ejemplo, cuando me reencontré con los mejores amigos de mi papá, que vinieron desde Chile… abrazarlos me llenaba. Los miraba y las lágrimas se me salían; comprobé cuánto lo extrañaba.
El bouquet de mi hermana tenía colgada una foto de mi papá, porque Roxana siempre lo lleva en su corazón y su presencia se sentía allí esa noche. Sobre todo cuando Percy, el flamante esposo, se dio media vuelta y mostró una camiseta que decía ¿Quieres bailar conmigo? ¡Y tenía la foto de mi papá en el otro lado! Ese momento renovó mi fe en el amor y la felicidad. Tuve la certeza de que ese hombre ama a mi hermana, porque le dio lo que ella anhelaba en secreto y pensaba que ya no sería posible: bailar con su padre. Sé que cuando ella abrazó a Percy y bailaron esa dulce canción, ella sintió a mi papá. Y mi papá a ella.
Siempre he sabido que la familia es lo más importante y que tengo suerte de tener una de las más lindas del mundo. Pero hoy, luego de todo lo que vivimos el fin de semana, me quedo extrañándolos más, añorando los abrazos, los besos, el cariño desbordado, una salida de hermanos, una lágrima junto al cuñado, un te quiero del tío más querido, una risa de la abuela y las ocurrencias de las primas.
Es la vida la que baila contigo cuando tus hijos besan a sus abuelos. Cuando ves que el amor fluye y sobrevive al tiempo y a la distancia. No importa si la música es de alegría o de dolor, si puedes escuchar sus voces, si sientes el calor de su abrazo, si sabes que sus buenos deseos te sostienen mientras tú… solo bailas.