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En estos días en los que el mundo está lleno de conflictos en todos los hemisferios vale preguntarnos qué es la paz… ¿Es algo que puede tenerse? ¿Es algo que nos es regalado o hay que pelear -paradójicamente- por ella? ¿Qué es para ti la paz? ¿Cómo la encuentras?
Seguramente esta palabra debe ser la más buscada; protagonista de canciones, de los más bellos poemas, de inspiraciones maravillosas. La más sencilla palabra es a la vez una fuente de decenas de interpretaciones.
Pero basta que miremos a nuestro alrededor para confirmar que también es una de las palabras más manoseadas. Detrás de la paz se esconden causas políticas, negocios millonarios, amenazas entre familiares, terror.
Para mí, la paz el único camino a la felicidad. La paz es un propósito de vida y, por tanto, una decisión. Yo elegí vivir en paz cuando decidí no pelear, no ir a juicio cuando me divorcié. Dejé mi orgullo y mi ego a un lado. Decidí que si lo material no iba a perturbar mi paz, mucho menos lo harían los comentarios malintencionados, chismes y supuestos, que no tienen ningún valor.
Me metí en la cabeza que el único bien que deseaba era la paz. La mía y la de mis hijos. El resto no sirve: lo material no es para siempre, y las acciones tienen su efecto natural y regresan a ti tarde o temprano.
Aunque para cientos de personas la paz puede sonar como un concepto esperanzador y cercano, para millones es un estado inalcanzable. Hoy el mundo la anhela, porque parece estar en manos de unos cuantos. La paz como la conocemos en las noticias tiene cara (la del Nobel de turno) y deja siempre un ganador y perdedor.
La paz ha dejado de ser una sensación, un deseo personal, un estado humano para convertirse en un instrumento de poder. Se dice “yo tengo paz», «yo te doy paz», «yo traigo la paz” como si esta se instalara solo con el final decretado de una guerra, una negociación verbal entre políticos, un documento, un discurso.
Estaremos en paz cuando pongamos de lado nuestro ego y generemos paz a nuestro alrededor, sin esperar que un tercero nos la dé.
Viviremos en paz cuando perdonemos y nos perdonen, cuando escuchemos antes de que nos escuchen, cuando aportemos y no destruyamos, cuando no juzguemos y seamos agentes de cambio, cuando mostremos interés por los demás -aunque sean desconocidos- y no solo por nosotros mismos.
La paz llegará cuando comprendamos que todos tenemos derecho a vivir, sin que unos ganen y otros pierdan para lograrlo. Viviremos en paz cuando dejemos de mirar al lado y nos miremos a nosotros mismos.